Me desperté sobresaltado por el ruido de los autos. Apenas pude dormir unas horas en toda la noche, entrecortado, temiendo que nos entraran a robar, no se… que algo pasara. Ni siquiera el vino me ayudó a dormir. Pensaba en el Apache, si estaría bien, si el gringo lo cuidará. Pensaba cosas sueltas. Faltaba poco para que llegara mamá. Seguramente me buscarían una escuela, tal vez con los primonstruos, o solamente los iríamos a ver. El abuelo se iba a comprar un Grand Routier, eso decía, quería hacer unas compras, quería hacer un asado. La vida tenía que empezar por alguna parte, todas esas cosas me daban vueltas en la cabeza. Monstruociudad estaba llena de ruidos, despertaba temprano, alborotando los pájaros, conruidos de motores, bocinas, timbres y chirridos, Montruociudad tenía la vida escondida, yo sentía que tocaba fondo por los cuatro costados.
Me levanté como abombado, tenía la panza revuelta y me dolía la cabeza, no sabía muy bien que hacer, si vomitar o volverme a la cama. El aire entraba por la ventana con olor a verduras hervidas, a coliflor, a tufos de gasoil. Me asomé, recién estaba empezando a clarear y un cielo rosa con estrellitas pardas iba dejando paso al día. Fui al baño, el departamento era bastante grande, un pasillo largo conectaba las habitaciones, parecía un pequeño laberinto rodeado de ventanas, plagado de paredes y puertas y cuartuchos, ruidos, tropiezos y cables sueltos. Estaba solo, había un montón de cajas y cajones regados por todos lados anunciando un día duro.
Me sorprendió el ruido de las llaves en el laberindepto. El abuelo se había levantado temprano, venía exaltado que todo estuviera abierto a esta hora, de los autos y autobuses y trolebuses y no sé cuantos buses más cargados de personas colgando como racimos y los puestos y los kioscos de comidas y bebidas calientes y frías para comer o llevar, hacer o guardar. Había comprado unos panes y café y unos jugos de naranja en unos vasitos de plástico, huevos revueltos, mantequilla y manjar asado. El café me supo a gloria y empecé a sentirme mejor, los huevos eran como de aserrín con gusto a aceite y el jugo estaba ácido, pero lo tomé igual porque al abuelo le encantó.
Salimos a hacer los trámites para que conecten la luz, el gas, la radio tres, el teléfono. Bajamos por el elevador y me causó gracia que usáramos el elevador para bajar. El abuelo decía que este era el primer edificio inteligente en Monstruociudad, a mi no me parecía muy inteligente que digamos, tenía un vidrio que dejaba ver del lado de afuera, se veía bonito, te daba como una sensación de más altura. Cada piso que paraba, sonaba una campanita Tinnnn! Una tipa de algún lado decía segundo piso, secon flor. Tinnnn! Planta baja, lobby. Tinnnn!
El portero estaba limpiando los vidrios de Torre 3 con una manguera, un potente chorro arrastraba las hojas, papeles, colillas de cigarrillos hacia la calle. Lo saludamos y tomamos un taxi. El abuelo dijo muy seguro. -A la Compañía de Electrongenería NALKOMPANI. Hicimos todos los trámites en un solo lugar, el abuelo pidió la luz, el gas, el teléfono y el aire purificado. El paquete completo, con Radio Cadena en FM de control independiente con sonido envolvente en todos los ambientes, el agua ya venía con el departamento, pero el abuelo pidió que le instalaran dos líneas de agua corriente, una purificada para bañarse y la otra de manantial para la cocina. Gas no se necesitaba, desde que Bolivia se integró a la United Xone, el gas era de exportación, se vendía a la Comuneurasia, que allá no quedaba ni viento. Acá todo se hacía con electricidad.
Salimos de la Electro y fuimos caminando hasta los portales de la patria, muchos negocios del centro estaban cerrados todavía, nos paramos a mirar los escaparates de las tiendas de ropa, había jugueterías, casas de teléfonos, consultorios de dentistas, tiendas de chinos, la catedral, la plaza y el palacio de gobierno. Todo eso me mostró mi abuelo. Tomamos un café El Café de la Mancha, antes era una librería, ahora era una cafertería, ya nadie leía, las fotos de los escritores y las portadas de los libros adornaban las paredes. Cadena Tres inundaba el ambiente. A la tarde iríamos a buscar a las mujeres al Central de Norte, llegaban en el tren de las 6 que venía de Rosarito.
Volvimos al depa en un bondibús por la San Jerónimo. Monstruociudad tenía dos grandes avenidas, la San Jerónimo, la avenida más larga del mundo, que estaba dividida en tramos de tan larga que era, San Jerónimo sur, extremo sur, extremo norte, enlace norte, San Jerónimo centro izquierda y medio centro; además estaba la Santa Isabel, la avenida más ancha del mundo, treinta y dos carriles de ida y otros tantos de vuelta. Bajamos en Bolívar y caminamos hasta el depto. Pasamos el resto de la mañana desarmando cajas y arrastrando muebles, poco después de las doce llegaron los de Nalkompany.
Sellaron las ventanas, por lo del aire purificado, el abuelo les preguntó de donde traían el agua de manantial y el tipo le explicó que lo que instalan es un manantializador debajo de la entrada de agua, es más práctico, todos los meses vendrá un técnico a cambiar el filtro manantializador, usted puede elegir distintos sabores: Ecos de glaciares, Mountain Spring, L’eau de Vichy, Aljibe campirano y muchos otros, que los de servicio le llamarán para darle la bienvenida y programar el pedido.
De la cocina fuimos al baño, colocaron unos anillos de plástico y metal alrededor del caño de la ducha. El tipo le explicó que es artefacto inonizaba el agua, adentro tenía unos imanes, ordenaba las moléculas del agua para purificarlas, no requería mantenimiento, al año se cambia. El abuelo firmó la planilla fascinado y les dio un billete de propina. Después de la primera comida caliente en el depa, fideos con salsa de caja, vino de caja y pan Bimbo, tomamos un cafe y fuimos a vender el once14, le dieron cien mil pesos por el viejo camión que tantas cicatrices tenía de sus años en el campo, en la ruta, en las cosechas.
Con la plata en un sobrecito, nos cruzamos a la agencia Routier, estaban los modelos híbridos, los solares, los eléctricos, los deportivos y los smart. El abuelo preguntó por un cochede verdad, que se quería comprar un Grand Routier de cien mil pesos, el mejor que haiga, el vendedor le dijo que había llegado al lugar indicado, que lo acompañara, caminamos entre los autos relucientes, atravesamos las oficinas, pasamos por el taller y salimos a un playón lleno de autos de distintos modelos de Routiers, el vendedor nos llevó hasta un Grand Routier gris plata, tenía unos dados colgando de el espejo, un volante de cuero, madera y metal, tapizados de cuero negro, un dado gigante en la palanca de cambios.
Revisaron el auto por todos lados,el tapizado estaba un tanto arruinado, el vendedor le hizo escuchar el motor diciendo que los asientos no mueven las ruedas, escuche, escuche, tecnología routier, cilindros en V, todas correas nuevas, ya no los hacen así, ahora son todos unos motorcitos de juguete. El abuelo daba vueltas, abría y cerraba las puertas, desconfiado, hasta que finalmente le preguntó si el auto era usado y el vendedor un tanto ofendido le aseguró que no; que ellos no vendían usados, son una agencia seria, todos su autos eran semi-nuevos listos para circular, tuneados a gusto del cliente, A usted le gustan los dados? los naipes? el casino?, ahí tiene un auto a su medida. Esto el abuelo se terminó de convencer, le entregó los cien mil pesos, el vendedor le hizo firmar unos papeles y le dio las llaves.
Fuimos a buscar a las mujeres, atravesamos toda la Costanera, pasamos por la Noria, el parque España, llegamos a la Central de Norte con bastante tiempo, el tren llegó puntual a las 7, una hora tarde. Las mujeres bajaron con unos bolsos. Mamá me abrazó un poco de costado, ya la panza se le notaba. Cuando le pregunté como estaba, no dijo nada, me dio otro abrazo, me acarició la cara. Subimos todos al Gran Routier, mamá adelante con el abuelo y atrás la abuela y yo, el auto era bien grande, entraron todas las maletas, pusimos unos canastos en el techo y en el asiento de atrás todavía entraron unos bolsos.
Llegamos al depa y el abuelo quiso empezar a hacer un asado, pero no había donde, el horno era de microondas, las ventanas estaban selladas, la azotea era un jardín con techo de vidrio, en la calle nos corrió un policía en cuanto empezamos a instalarnos para hacer el fuego, terminamos haciéndolo en el hueco de servicio del edificio, por donde se tiraban las bolsas de los departamentos, allí le pusimos una tranca a la puerta y aunque nos asfixiábamos con el humo y llorábamos como marranos, logramos chamuscar una carne que a mi abuelo le parecía bastante sabrosa. Mamá no probó bocado y se fue a dormir con una sonrisa sin decir nada. La abuela levantó los platos y el abuelo se quedó fumando, el humo se iba por unos ventiladores que los de la Elektro habían instalado en las ventanas. Decía que uno de estos días vamos a las sierras y nos hacemos un asadito. Vas a ver que que bien vamos a estar.
No sé porque me acuerdo de estos detalles. No sé porque cuento estas historias una y otra vez, a cada quién que quiera escucharlas, se las cuento y si no, me las cuento a mi, me parece que las vivo otra vez. Pero tengo que contarlas, repetirlas, decirlas de una vez a ver si me explico como fue que terminamos de esta forma.