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Me desperté sobresaltado por el ruido de los autos. Apenas pude dormir unas horas en toda la noche, entrecortado, temiendo que nos entraran a robar, no se… que algo pasara. Ni siquiera el vino me ayudó a dormir. Pensaba en el Apache, si estaría bien, si el gringo lo cuidará. Pensaba cosas sueltas. Faltaba poco para que llegara mamá. Seguramente me buscarían una escuela, tal vez con los primonstruos, o solamente los iríamos a ver. El abuelo se iba a comprar un Grand Routier, eso decía, quería hacer unas compras, quería hacer un asado. La vida tenía que empezar por alguna parte, todas esas cosas me daban vueltas en la cabeza. Monstruociudad estaba llena de ruidos, despertaba temprano, alborotando los pájaros, conruidos de motores, bocinas, timbres y chirridos,  Montruociudad tenía la vida escondida, yo sentía que tocaba fondo por los cuatro costados.

Me levanté como abombado, tenía la panza revuelta y me dolía la cabeza, no sabía muy bien que hacer, si vomitar o volverme a la cama. El aire entraba por la ventana con olor a verduras hervidas, a coliflor,  a tufos de gasoil. Me asomé, recién estaba empezando a clarear y un cielo rosa con estrellitas pardas iba dejando paso al día. Fui al baño, el departamento era bastante grande, un pasillo largo conectaba las habitaciones, parecía un pequeño laberinto rodeado de ventanas, plagado de paredes y puertas y cuartuchos, ruidos, tropiezos y cables sueltos. Estaba solo, había un montón de cajas y cajones regados por todos lados anunciando un día duro.

Me sorprendió el ruido de las llaves en el laberindepto. El abuelo se había levantado temprano, venía exaltado que todo estuviera abierto a esta hora, de los autos y autobuses y trolebuses y no sé cuantos buses más cargados de personas colgando como racimos y los puestos y los kioscos de comidas y bebidas calientes y frías para comer o llevar, hacer o guardar. Había comprado unos panes y café y unos jugos de naranja en unos vasitos de plástico, huevos revueltos, mantequilla y manjar asado. El café me supo a gloria y empecé a sentirme mejor, los huevos eran como de aserrín con gusto a aceite y el jugo estaba ácido, pero lo tomé igual porque al abuelo le encantó.

Salimos a hacer los trámites para que conecten la luz, el gas, la radio tres, el teléfono. Bajamos por el elevador y me causó gracia que usáramos el elevador para bajar. El abuelo decía que este era el primer edificio inteligente en Monstruociudad, a mi no me parecía muy inteligente que digamos, tenía un vidrio que dejaba ver del lado de afuera, se veía bonito, te daba como una sensación de más altura. Cada piso que paraba, sonaba una campanita Tinnnn! Una tipa de algún lado decía segundo piso, secon flor. Tinnnn! Planta baja, lobby. Tinnnn!

El portero estaba limpiando los vidrios de Torre 3 con una manguera, un potente chorro arrastraba las hojas, papeles, colillas de cigarrillos hacia la calle. Lo saludamos y tomamos un taxi. El abuelo dijo muy seguro. -A la Compañía de Electrongenería NALKOMPANI. Hicimos todos los trámites en un solo lugar, el abuelo pidió la luz, el gas, el teléfono y el aire purificado. El paquete completo, con Radio Cadena en FM de control independiente con sonido envolvente en todos los ambientes, el agua ya venía con el departamento, pero el abuelo pidió que le instalaran dos líneas de agua corriente, una purificada para bañarse y la otra de manantial para la cocina. Gas no se necesitaba, desde que Bolivia se integró a la United Xone, el gas era de exportación, se vendía a la Comuneurasia, que allá no quedaba ni viento. Acá todo se hacía con electricidad.

Salimos de la Electro y fuimos caminando hasta los portales de la patria, muchos negocios del centro estaban cerrados todavía, nos paramos a mirar los escaparates de las tiendas de ropa, había jugueterías, casas de teléfonos, consultorios de dentistas, tiendas de chinos, la catedral, la plaza y el palacio de gobierno. Todo eso me mostró mi abuelo. Tomamos un café El Café de la Mancha, antes era una librería, ahora era una cafertería, ya nadie leía, las fotos de los escritores y las portadas de los libros adornaban las paredes. Cadena Tres inundaba el ambiente. A la tarde iríamos a buscar a las mujeres al Central de Norte, llegaban en el tren de las 6 que venía de Rosarito.

Volvimos al depa en un bondibús por la San Jerónimo. Monstruociudad tenía dos grandes avenidas, la San Jerónimo, la avenida más larga del mundo, que estaba dividida en tramos de tan larga que era, San Jerónimo sur, extremo sur, extremo norte, enlace norte, San Jerónimo centro izquierda y medio centro; además estaba la Santa Isabel, la avenida más ancha del mundo, treinta y dos carriles de ida y otros tantos de vuelta. Bajamos en Bolívar y caminamos hasta el depto. Pasamos el resto de la mañana desarmando cajas y arrastrando muebles, poco después de las doce llegaron los de Nalkompany.

Sellaron las ventanas, por lo del aire purificado, el abuelo les preguntó de donde traían el agua de manantial y el tipo le explicó que lo que instalan es un manantializador debajo de la entrada de agua, es más práctico, todos los meses vendrá un técnico a cambiar el filtro manantializador, usted puede elegir distintos sabores: Ecos de glaciares, Mountain Spring, L’eau de Vichy, Aljibe campirano y muchos otros, que los de servicio le llamarán para darle la bienvenida y programar el pedido.

De la cocina fuimos al baño, colocaron unos anillos de plástico y metal alrededor del caño de la ducha. El tipo le explicó que es artefacto inonizaba el agua, adentro tenía unos imanes, ordenaba las moléculas del agua para purificarlas, no requería mantenimiento, al año se cambia. El abuelo firmó la planilla fascinado y les dio un billete de propina. Después de la primera comida caliente en el depa, fideos con salsa de caja, vino de caja y pan Bimbo, tomamos un cafe y fuimos a vender el once14, le dieron cien mil pesos por el viejo camión que tantas cicatrices tenía de sus años en el campo, en la ruta, en las cosechas.

Con la plata en un sobrecito, nos cruzamos a la agencia Routier, estaban los modelos híbridos, los solares, los eléctricos, los deportivos y los smart. El abuelo preguntó por un cochede verdad, que se quería comprar un Grand Routier de cien mil pesos, el mejor que haiga, el vendedor le dijo que había llegado al lugar indicado, que lo acompañara, caminamos entre los autos relucientes, atravesamos las oficinas, pasamos por el taller y salimos a un playón lleno de autos de distintos modelos de Routiers, el vendedor nos llevó hasta un Grand Routier gris plata, tenía unos dados colgando de el espejo, un volante de cuero, madera y metal, tapizados de cuero negro, un dado gigante en la palanca de cambios.

Revisaron el auto por todos lados,el tapizado estaba un tanto arruinado, el vendedor le hizo escuchar el motor diciendo que los asientos no mueven las ruedas, escuche, escuche, tecnología routier, cilindros en V, todas correas nuevas, ya  no los hacen así, ahora son todos unos motorcitos de juguete. El abuelo daba vueltas, abría y cerraba las puertas, desconfiado, hasta que finalmente le preguntó si el auto era usado y el vendedor un tanto ofendido le aseguró que no; que ellos no vendían usados, son una agencia seria, todos su autos eran semi-nuevos listos para circular, tuneados a gusto del cliente, A usted le gustan los dados? los naipes? el casino?, ahí tiene un auto a su medida. Esto el abuelo se terminó de convencer, le entregó los cien mil pesos, el vendedor le hizo firmar unos papeles y le dio las llaves.

Fuimos a buscar a las mujeres, atravesamos toda la Costanera, pasamos por la Noria, el parque España, llegamos a la Central de Norte con bastante tiempo, el tren llegó puntual a las 7, una hora tarde. Las mujeres bajaron con unos bolsos. Mamá me abrazó un poco de costado, ya la panza se le notaba. Cuando le pregunté como estaba, no dijo nada, me dio otro abrazo, me acarició la cara. Subimos todos al Gran Routier, mamá adelante con el abuelo y atrás la abuela y yo, el auto era bien grande, entraron todas las maletas, pusimos unos canastos en el techo y en el asiento de atrás todavía entraron unos bolsos.

Llegamos al depa y el abuelo quiso empezar a hacer un asado, pero no había donde, el horno era de microondas, las ventanas estaban selladas, la azotea era un jardín con techo de vidrio, en la calle nos corrió un policía en cuanto empezamos a instalarnos para hacer el fuego, terminamos haciéndolo en el hueco de servicio del edificio, por donde se tiraban las bolsas de los departamentos, allí le pusimos una tranca a la puerta y aunque nos asfixiábamos con el humo y llorábamos como marranos, logramos chamuscar una carne que a mi abuelo le parecía bastante sabrosa. Mamá no probó bocado y se fue a dormir con una sonrisa sin decir nada. La abuela levantó los platos y el abuelo se quedó fumando, el humo se iba por unos ventiladores que los de la Elektro habían instalado en las ventanas. Decía que uno de estos días vamos a las sierras y nos hacemos un asadito. Vas a ver que que bien vamos a estar.

No sé porque me acuerdo de estos detalles. No sé porque cuento estas historias una y otra vez, a cada quién que quiera escucharlas, se las cuento y si no, me las cuento a mi, me parece que las vivo otra vez. Pero tengo que contarlas, repetirlas, decirlas de una vez a ver si me explico como fue que terminamos de esta forma.

Entramos a Monstruociudad por la Calzada de San Jerónimo, la avenida más larga del mundo. La bajada del Caracol y el olor que salía de las rancherías instaladas en los costados de la ruta, me dejaron con el estómago revuelto. La San Jerónimo recorría el antiguo cauce del río. Se veía la banderota de la casa de gobierno. Los cerros que recordaba de Monstruociudad estaban tapizados de edificios. La construcción lo había cubierto todo. La zona del río estaba cubierta por una construcción sobre la que circulaban los autos a toda velocidad. Para simular que el río seguía existiendo, habían colocado cada tanto, pequeños lagos artificiales con patos de goma que flotan entre unos juncos de plástico. Inmensa fotografías de paisajes.

Algunas especies se habían adaptado a vivir en Monstruociudad, algunos ejemplares como el sauce negro, que abunda en terreno oleoso, cercanías de fabricas, vaciaderos. En temporada lloran unas gotas de multigrado que brillan como lágrimas de miel. El espectáculo no dejaba de tener algo lindo y triste al mismo tiempo. Monstruociudad me cautivó a primera vista. Nunca pensé que la vería así. En todo veías la lucha entre la naturaleza y la civilización. Cada tanto los arroyos destruían la ruta, partes de las montañas se desbarrancaban aplastando autos y camiones, se caía algún puente o el viento hacía volar las cajas de los Box Truck. Con el tiempo me daría cuenta que las personas también se van adaptando a vivir en Monstruociudad, muchos mueren, algunos triunfan, muchos fracasan, pero poco a poco se van mezclando. Se van volviendo Mostros.

Mi abuelo me dijo que levantara el vidrio y trabara la puerta que en esta zona roban mucho. En los semáforos que parábamos unas hordas de niños en harapos se trepaban al camión a limpiarnos los cristales, a ofrecernos chicles, aguas, cigarrillos. Mi abuelo hacía sonar la bocina de buque y los pequeños se tenían que tapar los oídos y no podían sostenerse, así que debían bajar del camión. Mi abuelo se reía de su ocurrencia. Una vieja renga con muletas espantaba a los niños para asomarse a la ventanilla y reclamar unas monedas, señalándose la boca.

Poco árboles y muchos autos. Cada tanto aparecía una plaza. En todo el trayecto había de todo, negocios, comedores, tiendas de ropa, de autos, de cosas para casa, para autos. Todo tenía que ver con lo monstruoso. Los negocios se llamaban el Mostro de las Pizzas, el Mostro de las Baterías, el Mostro de los baños, Bar el Mostro, Inmobiliaria Mostrocity, el Mostrocinema.

Al final llegamos a Bellavista, en donde quedaba el edificio. Era un complejo de cuatro torres. El abuelo fue a buscar la llave con el encargado y subimos a ver el departamento. El 9°B. Parecía grande. Estaba todavía con los pisos sin limpiar, algunos cables se asomaban de unos huecos en el techo. El encargado levantó las cortinas y ya se pudo apreciar un poco más. Parecía que los albañiles habían dejado algunas cosas sin terminar. Sólo la cocina estaba completa, aunque muy sucia. Mi abuelo torcía la cara. El encargado fue a buscar a su mujer. Trajeron baldes, trapos, unas bolsas, limpiamos el departamento. Y luego trajo a dos muchachotes que nos ayudaron a subir las cosas.

Por la ventana entraba una suave brisa, se veían las ventanas iluminadas de los otros departamentos. El departamento del abuelo no tenía luz todavía. Ni gas. Así que esa noche cenamos unos panes con mortadela y queso, vino de caja y fumamos nuestros primeros cigarros en Monstruociudad. Salí al balcón. Un aroma a cebolla, a verdura a laurel y a comida venía desde los otros departamentos. Las siluetas de los vecinos se reconocían a través de las cortinas. Otros tenían la ventana abierta. Algunos cenando. Otros leyendo. Algunos tirados en la cama. La extrañaba a mamá y no quería decírselo al abuelo. Se escuchaba un rumor de conversaciones, los gritos de algunos niños, el sonido de la ducha del algún departamento alla arriba, la radio con su noticiero. Un pedacito del cielo se alcanzaba a ver con unas pálidas estrellas.

Volví a entrar al departamento. Sin luz no podía leer. El aire estaba tibio. Mi abuelo era una pequeña brasita en la sombra  que se avivaba con cada pitada. El rostro tomaba un color rojizo y sus cejas peludas le hacían sombra en la frente. De pronto se volvió todo como irreal. La casa, la ruta, Monstruociudad, el 9°B, mi abuelo mismo. Me parecía otra de mis ocurrencias que se me antojaban reales y que cuando alguien me tocaba el hombro o hacía algún ruido fuerte desaparecían sin dejar rastro.

Mi abuelo seguía fumando y a mi me agarraba cada vez más la duda de si todo esto no era un sueño. En algún lado debía haber un engaño, esto debía tener una salida, algo que me haga saber que esto está ocurriendo. O no. No está mamá, no está la abuela. Sólo estaba el abuelo. Pero el abuelo no era garantía. Intentaría lo que otras veces me funcionó. Haría una pregunta. Si no me contestaba era un sueño, si me contestaba era real. Así que le pregunté, lo que vine pensando el ultimo tramo del viaje.

-Abuelo, si lo del Guachovia Estanfor Trust es tan buen negocio. Porque los gringos andan comprando tierras y aguas y monte por estos lados?- Dije volviendo a la carga.

Mi abuelo apagó el cigarrillo. Se puso de pie. Tomó la vela y fue al baño. Dejó la vela sobre el botiquín. Dejó la puerta abierta. Se oyó el chorro de la meada. El ruido del agua del water. Se subió el cierre. Agarró la vela. Se volvió a sentar en la penumbra.

-Lo que haga el mister Guayman con su plata me importa un carajo. Yo no quiero trabajar más. Me voy a buscar unos socios, algún negocio fácil- Dijo mi abuelo y se sirvió otro chorro de vino de la cajita. –Eso es lo único que me importa. No quiero hacerme mala sangre. De ahora en adelante quiero que todo se me haga fácil. Que todo sea como este vino. -dijo señalando la cajita de Don Quintínto- ni hay que preocuparse en tener un sacacorchos. Ahora hay que ser práctico. Voy a vender el once14 y me voy a comprar un Grand Routier. Mañana vamos a ir a pedir la luz, el gas, a buscar a las mujeres y hacemos una carne asada. Con otro vinito de estos. Vas a ver que bien vamos a estar.

Las estaciones pasaron velozmente a lo largo de la ruta. Mi abuelo me dejó manejar un rato en la parte del altiplano. Pusimos unos cassettes de Los Tucanes de Bragado para ya no escucharlo al Mariosaurio, que a esas alturas medio que se perdía la señal. El once14 se portaba como una máquina viajera. Una máquina del tiempo al lado de los trailers truck, los Mack Thorton, los enormes semirremolques de la United Xone, que atravesaban los continentes de un lado al otro. Pasamos por Ñurca Nacó, Quebrada de la Virgen, Salsipuedes, Palenque. Paramos en el Embalse de Vallemoxique. El espejo de agua más grande construído en época del General, ahora propiedad de la Trumpeter Water Co. 

 

Nos quedaban unas tres horas de viaje. Comimos unos sándwiches con café, cargamos combustible y seguimos. Queríamos llegar con algo de luz para instalar todo antes de que llegaran las mujeres. Se me había pegado la costumbre de decirle las mujeres, cuando estaban mamá y la abuela juntas. No sé de donde me había salido esa costumbre, pero de pronto me sentía como más seguro diciendo así. Ya habíamos hecho planes con el abuelo. A él le encantaba hacer planes y tener todo organizado. Yo siempre le ayudaba.

 

A medida que nos íbamos acercando a Monstruociudad, sentía que el tiempo iba pasando más rápido. Que iba creciendo con cada kilómetro. Volviéndome más rabioso con cada estación que teníamos que pagar. Comencé a darme cuenta que dejaba atrás una parte de mí que tal vez nunca volvería a ver. Que sólo contaba con ese viejo loco que iba al volante y las mujeres. Ninguno de ellos me iba a ayudar a encontrar a mi papá. Debería empezar de cero. Buscar a la tía Sana o preguntarle a los primonstruos si tenían algún dato.

 

El último tramo de la Autopista Cordillerana era una gigantesca alfombra de asfalto que atravesaba los cerros a través de túneles y caminos de cornisas. Enormes puentes saltaban quebradas y acantilados. Bosques milenarios tapizaban las laderas de los cerros. Algunos cóndores aún se alcanzaban a ver, disputando su reinado con los automovilistas. Grandes cactus cubrían las laderas y unos arboles secos se resistían a dejarse vencer. De la autopista para arriba y en los arroyos ya no crecía casi nada.

 

Los cerros aparecían pelados en sus cumbres. Los pocos árboles que quedaban no alcanzaban a retener el agua de los deshielos. Se formabana arroyos que bajaban cascadeando los cerros y atravesaban la carretera, convirtiéndose en charcos de un lodo aceitoso que los pinos absorbian tomando colores azules, amarillos, rojizos. 

 

De pronto entre los cerros se alcanzó a ver parte de una mancha gris con tonos verdes, rojos y negros que entre la bruma me pareció que era Monstruociudad. Atravesamos varios túneles más y ya estuvimos en el camino del Caracol. No quedaba duda, estábamos por llegar. Paramos en el mirador del cerro. Mi abuelo quería usar su nuevo juguete. Una cámara de fotos instantáneas que había comprado en el AM/PM. Nos sacamos fotos apoyados en el once14.

 

Mi abuelo puso una moneda en unos aparatos que tenían dos ventanitas. El enfocaba y me iba mostrando. La cancha del Atlétic Monster, la torre de Opera, el palacio Figueira, las plaza de las tres conquistas, la Costanera, el Tiro Federal, el Aeropuerto, la Zona Libre Fabril.  Monstruociudad era una mancha lejana que iba tomando forma. Que se iba volviendo nombres.

 

El aire se sentía más espeso y tenía un olor entre picante y dulzón. Se sentía distinto al respirar. Mi abuelo se llenaba los pulmones con la brisa que subía desde el Valle del Sol en donde habían venido a instalar Monstruociudad, sin percatarse que quedaría en un pozo que no dejaría escapar los aires viciados de una ciudad encajonada. Mi abuelo me tomó del hombro y dijo emocionado ante el espectáculo.

 

-Siente hijo. Huele a progreso- Volvimos al camión y seguimos viaje.

X- La pura ruta

Dejamos el camino de las cumbres y nos metimos en la estación de cobros de peaje de la autopista de las sierras.

Comenzaron a pasar los tramos de la ruta, como tramos de una historia sobrescrita. El trazado ya no rememoraba nombres épicos como Paseo de los Libres, Mayuc Pisac, Ejército del Norte, Héroes de Mayo. La ruta iba serpenteando suavemente humillando las alturas imperiales en donde antes reinaban el cóndor, la ayahuasca, la niebla, los santuarios de piedra; ahora reemplazados por los paradores de las estaciones de Petrobraxxon, los AM/PM, los McDonna y los camiones trepidantes que cada tanto se desbarrancaban.

La altura de mis pensamientos se iba despejando a medida de que comprendía que esto era parte de un plan más amplio. La tierra de los dueños de estas tierras estaba cortada por una muralla de tres carriles de un lado y tres del otro que cada tanto se ensanchaba en una serie de gateras cerrados al paso mediante barreras.

Estación 24 – Vespucio N-Telampico. Camiones tres ejes $ 7,35.

Estábamos obligados a pagar para pasar. Los carteles anunciaban los distintos valores según la cantidad de ejes. Eso ya empezaba a indignarme. Comenzaban a tomar sentido Que tienen que ver los ejes de las carretas con sus fines de lucro. Si los que pasamos somos los mismos y la tierra es de todos y en el Manifiesto Universal lo dice.

-Qué es lo que dice el manifiesto?- Preguntó mi abue y me dí cuenta que estuve hablando en voz alta de nuevo.

-Lo del libre tránsito dice, abuelo.- Dije yo pensando que desde que empecé a leer los libros que me dejó papá había empezando a ver más claras ciertas cosas. Lo que pasaba era que no siempre me las podía contener o sabía como expresarlas. –Que va a decir. Lo del libre tránsito. Si acá siempre se podía pasar de cualquier manera, buscándole la vuelta, como a todo. Las sierras siempre fueron nuestras y nunca antes habíamos tenido que pagar para ir a Monstruociudad. Porque las cosas tienen que volverse así, y la pobre gente de a pie ya no consigue la leña, el agua, la artesanía no se vende y la cosecha no tiene precio.

-Por eso mismo tuvimos que vender el campo y no me vengas con la pobre gente de a pie. Que no sabes lo que es andar de a pie. Siempre has tenido todo y ahora te vienes a preocupar por la gente de a pie- Dijo mi abuelo entregándole un billete al tipo de camisa de rayitas de la corporación que oligopolizaba los caminos transitables de nuestra zona de libre comercio. –Si no fuera por estas rutas no podríamos no se podría ir a Monstruociudad en seis horas más o menos.-

-Claro, si primero encontraron políticos como Saulinhos de Gârcari que dejaron venir abajo las rutas, los trenes, los hospitales, las escuelas y todo lo que había construido el general.- Dije recitando lo que me había explicado mi papá sobre el origen de los problemas de nuestro país y la zona de libre comercio que se armó después.

-El general, el general- Dijo mi abuelo burlón. –Ni que lo hubieras conocido al general. Era un maldito viejo zorro traicionero que guardaba el oro en las sierras y mandaba a matar a cualquiera que lo enfrentara. Miseria. Eso dejó el general. Les daba a los negros, a la indiada lo que le sacaba por otro lado. O acaso los sindicatos no lo llenaron de oro, le regalaron una motocicleta de oro. El maldito se paseaba en su tren y en cada pueblo bajaba en su moto y con su sonrisota y su mujer en el coche repartiendo besos y atrás los camiones del ejército repartiendo lavadoras, máquinas, ropa, juguetes.

-Por supuesto que repartía lo que les sacaba a los que las habían robado antes. O acaso la miseria vino sola. Acaso no estaban todos confabulados para sacar más y más dinero a costa de la gente, hasta que vino el General a equilibrar las cosas.- Dije ya medio enfurecido, convencido que hay que tomar el toro por los cuernos y decir las cosas como son. Mi abuelo bufó cambiándose de carril para dejar paso a un auto plateado que pasó con varias motocicletas y camionetas adelante y atrás. -Demasiadas tonterías te metió tu padre en la cabeza, esos libros, esos libros. El general, no era más que un triste bandido, un bandolero. Matando chinos anduvo, por toda la zona de las lagunas. Desde las sierras grandes hasta la boca de río, prácticamente. Los persiguió para robarles sus cosas, pura piratería para entretener a la masa del pueblo y que lo elijan una y otra vez. Por suerte le metieron plomo o plomosss-

Remató mi abuelo marcando el plural. Haciendo alusión a la teoría del segundo y hasta tercer tirador que habrían estado sobre el cúpula del congreso o en el techo del banco central. El general recibió tres impactos en la cabeza. Además de la descarga del Cuarto pelotón de gatilleros del cuerpo de Gendarmes Fronterizos, que al momento de disparar la salva de honor cambió la formación y en vez disparar hacia arriba lo hicieron en tres certeras oleadas hacia el pecho del general. Dicen que esa era su técnica favorita en la guerra contra la oposición. Darle y darle hasta que caigan aniquilados, descuartizados, desmembrados.

-Los gringos si que lo hicieron bien. Estos tipos de la agencia son unos profesionales. Cuando hacen una operación como le llaman ellos, no fallan. No fallan. La estudian años y hasta que zas!- Dijo, moviendo la mano como si diera un hachazo en el aire. –Le metieron 141 balazos, 83 impactos mortales. Ni un solo detenido. Bueh, el único que capturaron se suicidó de un balazo luego de colgarse en su celda- Siguió mi abuelo repitiendo las versiones leídas en el Selecciones de los Lectores y el Pregón Campechano. -Nunca más se supo demasiado del asunto hasta que le abrieron la tumba y le cortaron la mano a tu ge-ne-ral. Según dicen que para sacar el oro de una bóveda de un banco en Mackenna. Que necesitaban la huella digital. Maldito viejo, que se llevó a la tumba el oro con la punta de la…. mano- Dijo y se largó a reír a carcajadas.

Hablar estas cosas con mi abuelo, mientras íbamos atravesando cerros y barrancas con el río relampagueando bajo nuestros pies como una serpiente enjoyada resistiendo la jaula de diques y puentes y cauces que infructuosamente trataban de doblegar al río que cada tanto se llevaba la ingenua obra del hombre que pretendía dominar la naturaleza. Y terminaba arruinándola, volviéndola en contra del hombre, de la misma tierra. Me hacía sentir como si algo fuera a estallar dentro de mí. En ese momento comenzó a crecer esa amargura que me volvió monstruoso.

-Por suerte que está bien muerto el viejo. Ahora si se puede hacer negocio en este país. Deberías darte cuenta. Gracias a los gringos y a que el gobierno permite la inversión extranjera se puede hacer negocio en este país. Por fin vamos a entrar en el primer mundo. A vivir la vida que merecemos-

Mi abuelo tenía la suficiente malicia como para saber que este tema me dolía, pero se abusaba. Me recordaba que el había vendido la tierra, y ya no había vuelta atrás. –Ahora ya no es la época de los campesinos, m’hijo. Mire, así como fui el primero que lo hizo debutar. Conmigo le vio la cara a dios. Que le dije quien era su papá. Que lo llevé de la Loca Adela. Ahora tiene que saber que ya no es más la época de poner el hombro. Ahora es la época de la riqueza. Ahora el dinero se hace con dinero.

Podíamos discutir todo el camino. No importaban tanto las palabras. La verdadera diferencia estaba en como veíamos las cosas, no en lo que decíamos. Y aunque lo quisiera tanto porque era mi abuelo y porque me había criado. Ya era hora de que reconociera que ya no éramos iguales. Supe que nunca más podría verlo de la misma manera que antes.

Las frases sueltas que recordaba de mi padre, las ideas que alcancé a captar de los libros que me dejó, hasta ese momento flotaban deshilvanadas, ahora habían comenzado a tomar sentido. Había sutiles relaciones entre ellas. No eran tan importante las palabras de mi abuelo sino la manera en que tomaban forma, para que él las fuera expresando en nuestro viaje a Monstruociudad por la autopista de pago.

Haber descubierto eso me llenaba de orgullo y de odio al mismo tiempo. Me sentía de pronto poderoso con mi nueva manera de ver las cosas. Las relaciones políticas. Ahora creía ver más claro se había peleado tanto con papá. Entendía porque había estas relaciones entre nosotros. Porque era así con mamá. Creo que mucho de lo que vino después comenzó en ese viaje. O tal vez antes. Pero empecé a pensarlo en el vaivén susurrante de la autopista de las sierras.

-Antes había más caminos y calzadas y no tanta ruta y autopista, pero por lo menos todos podíamos andar por ahí.- Dije de pronto para cambiar de tema- Ahora hay un solo camino pero ya ni sabemos para donde vamos. Algo raro está pasando, abuelo. Si no como se entiende que ya nadie trabaje la tierra y estén todos cobrando los planes del gobierno. De este gobierno que tanto te gusta. La gente yendo por la leche al dispensario, recibiendo unos kilos de cemento cada vez que van a votar. Antes por lo menos la gente tenía su pedazo de tierra y de allí vivían. Como nosotros, como tanta gente. Adonde fue a parar eso? que hicimos para terminar así?-

Intenté argumentar para encontrarle sentido al desarraigo, cuando apenas habíamos recorrido unos kilómetros y teníamos que parar por otra caseta de peaje.

No era mucho dinero, pero igual había que pagar.

Estación 23. Telampico-Arungundí. Camiones tres ejes $ 2,53

-No sé que se habrá hecho de todo eso.- Dijo mi abuelo recibiendo el papelito del peaje y unas monedas del muchacho de la caseta. -Lo único que sé es que con la plata del rancho me voy a comprar unos locales en el centro y lo demás lo pongo en un fondo de inversión como me recomendó Mister Guayman. El Guachovia Stamfador Trust.-

Y arrancamos nuevamente hacia la próxima estación de cobro de peaje.

Recorreríamos la sierra a lo largo, durante cientos de kilómetros.

La autopista esquivaría todo el espíritu de la montaña. No iríamos mareando cornisas, cruzando barrancas del fin del mundo y curvas de la muerte. Había recorrido ese camino desde cuando era el trazado viejo. Ya casi nadie lo usaba. Se veían algunos restos bordeando el río, en parte seguía la vía muerta, por el lado de los túneles.

Algunos rebeldes todavía viajaban por allí. Los vecinales resistían a la tiranía de los tiempos veloces y tarificados. No sucumbían al estilo privatizado de vida. La Jay Wey estaba plagada de avisos en inglés y español. Los gringos pagaban en dólares.

El camino viejo era un signo de mi rabia hacia los extranjeros que lo habían terminado comprando todo. Hasta los recuerdos. Las cien curvas, el espinazo del diablo, las tres lomitas que ya ni figuraban en los mapas. Ahora eran puestos de peaje de tramo a tramo con nombres falsos para esquivar la memoria. El nombre del general ya no figuraba en el punto más alto del Nevado del plata. Ahora se llamaba Paso del Gran Acuerdo Nacional. Y costaba 12 dolares. La gente ya lo bautizó el PaGAN.

Gran acuerdo nacional. El de borrarnos la memoria. Como si lo que pasó los últimos cincuenta años no hubiera marcado este país mucho más que la torpe revuelta de los mercaderes españoles confabulados con unos cuantos de los supuestos patriotas que no tardaban en subirse al sillón y cagarse en las espaldas del pueblo. Ese camino lo recorrieron muchas veces pueblos enteros para ir a reclamar a la capital el despojo de las tierras y los abusos de los punteros y delegados del partido. La revolución no hizo mucha justicia.

Una sola vez lo hicimos todos juntos. En tres autos. Mi abuelo en su Chevrolet, nosotros con el Rambler flamante de mi papá que se compró cuando empezó a trabajar para la ICA en Monstruociudad. Y mis primonstruos en la Break Routier. El mundo parecía perfecto. Ahora hay peajes, retenes, piquetes y piratas de la ruta. Que rápido que pasó todo. Si me parece ayer que el abuelo hablaba de que se vinieran todos a vivir en la finca.

Ahora el mundo está parcelado, fragmentado, loteado, usufructuado. No se puede hacer nada sin tener que poner dinero. Hasta los baños de la ruta hay que pagar. Antes se paraba al costado, se estiraban las piernas, se soltaban las aguas. Dejábamos unos pozos espumeantes en las frías mañanas de marzo. El aroma de los pinos y los cardosantos refrescaba la mañana. Ahora se ponía una moneda en una ranura y una chicharra dejaba mover un molinete y entrabas a un cochinero maloliente.

Mi abuelo iba descifrando los carteles en inglés. Enjoi niu couc. Taste de niu flavor. Leía así como veía. Su admiración a los gringos tal vez venía por ese lado. El no entendía ni demasiado inglés. Me había querido llevar de más chico a que aprendiera, se me dieron los primeros años. El algo farfullaba. Pero eso quedó en la nada con la invasión de los gringos. Ya sabemos que ellos ganaron, se quedaron con buena parte del río, varias de las islas y todo lo que era la región del altiplano.

Durante muchos años el inglés estuvo prohibido en la radio, en la escuela, en los avisos oficiales. Los pelilargos, los que escuchaban música gringa eran cazados en los bares, en los sótanos, en las carreteras desiertas y en cuanto los detectaban con libros los ejecutaban. Aparecián quemados, torturados, fusilados. Algunos ni siquiera aparecían.

El abuelo sólo hablaba su español medio atravesado y el xirâo. El dialecto de las sierras grandes. Sabía lo necesario para entenderse con los arrieros y mercachifles xirâoles que cruzaban la montaña, antes que hicieran la carretera y todo eso se volviera un saber inútil. No había querido saber nada del inglés mientras estuvo prohibido. Hubo mucho miedo en aquella época.

Parece que la guerra los volvió más patriotas, yo ni había nacido, pero mi papá me contaba de aquellos años. Había aprendido a leer con unos compañeros en la fabrica y cuando venía visitarnos me contaba las historias de los héroes de Mayo que dieron la vida para que seamos libres. Manuel Chao, Ernesto de la Higuera, Hugo César Chavez Jr. Yo no entendía de quién debíamos ser libres si casi nunca saliamos de la finca y las veces que fuimos a Monstruociudad nadie nos puso problemas.

El siempre me decía que había un mundo mejor, una nueva forma de hacer las cosas, que no debíamos estar soportando a políticos vendepatrias. Me dejaba libros cada vez que venía a vistarnos a la finca. El abuelo no compartía esas ideas. Muchas veces me escondía los libros que me dejaba papá. Se oponía abiertamente a que leyera. Para él todo lo que  no fuera trabajar y darle el gusto al cuerpo, eran mariconadas.  Esas discusiones los alejaron. 

-Si que lo gringo lo hicieron bien- Dijo de pronto como si me leyera el pensamiento. Mi abuelo era inculto pero tenía un sentido muy agudo para sospechar de todos. Daba la impresión de estar siempre tramando alguna maldad.

-En que lo hicieron bien?- Dije pensando en los pueblos por los que ya no pasaba el tren y habían ido muriendo lentamente. En los cultivos mutantes que habían arrasado con la mata, que habían convertido el país en una alfombra verde. En los ríos cubiertos de espuma y los xirâoles vendiendo baratijas en los puestos del peaje.

-Y, que primero empezaron con las canciones, después con las películas y ahora todo está en inglés. Todo es loan, credit, for sale, warrant, ticket, sign here. En este país si uno no sabe inglés no puede hacer negocio. Sentenció mi abuelo cuando llegamos al primer peaje.

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Desperté en la cabina del oncecatorce. No me acordaba de haber subido al camión. La Loca Adela había quedado atrás. Me dolía el cuerpo y me sentía sin fuerzas. Demasiadas cosas pasaron después de tomar la última copa con mi abuelo. El se fue a la cama temprano, al pagar la cuenta pidió que le mandaran una chinita para que lo ayude con su baño. El tenía sus gustos muy definidos ya a su edad. Le gustaba  hacer su yoga, que le enjabonaran la espalda, irse a la cama temprano.

Yo me quedé a mirar el espectáculo. También tenía algunos gustos bien definidos. Pensaba irme a dormir temprano y pero acompañado. Pero no fue así y la noche se volvió larga y distinta. No quería acordarme, se me daba vuelta la cabeza, mi abuelo venía manejando por las sierras. Bajé a la cabina, quería tomar algo caliente. Las curvas me mareaban y sentía una enorme flojera, la luz me cegaba. Pero no estaba tan mal como otras veces, sentía una suavidad por toda la piel, una mezcla rara de dolor y placer, de culpa y confianza.

-Hay café en el termo. Me gritó mi abuelo por sobre la música de la Cadena tres, la única radio del camino. Me serví café en la tapa del termo, un Termolar azul, brasuca y ergonómico que de pronto sentí en las manos con una suavidad carioca y renovada. Como si estuviera en lo de la Loca Adela de nuevo, en la penumbra de la pieza. La calidez del material, el aroma del café, el vaivén de las curvas que se volvían amistosas. Todo caía en su lugar, en su centro. Me acordaba de anoche y me excitaba de nuevo.

-¿Cómo te fue? Preguntó mi abuelo, sacándome del ensueño. –Adónde? Pregunté haciéndome el leso. -En la culiandanga, pó. ‘Onde más? En lo de La Loca Adela. La pasaste bien, sino la próxima vez nos quejamos. Mira que siempre algo se atraviesa cuando un hombre se divierte. Dijo acomodándose en el asiento para tomar las curvas en bajada, dejando ir el camión, frenando con motor en la larga bajada de la cuesta de San Antonio. El camino de La Cuesta terminaba en el mar. Me hubiera encantado ir al mar con esta nueva sensación que tenía en el cuerpo después de lo de la Loca Adela. Pero nos desviaríamos mucho antes. Buscaríamos el centro, siguiendo la ruta de la sierra desde Ojo de Agua por la calzada de Los Terrones hasta Chimingasta y de ahí llegar a la capital, la Monstruociudad.

-Bien, le dije poniendo mirada cómplice y haciendo un gesto inequívoco de poner la mano como un pistón que bombea potencia, como cabalgando. No podía describirle al ángel con que había estado la noche entera haciendo locuras, cogiendo, fumando y riendo como nunca en la vida. Cuando me quedé sólo, mirando las chicas que salían a hacer sus números, me deslumbró una flaca con cara de caballo. Más bien con cara de caballo turco, esas turcas que salen con cara larga y ojos saltones pero con una figura de odalisca. Una mezcla de las piernas más largas que había visto en mi vida con las tetas más duras que se puedan tocar,morder,lamer,besar. Chiquitas y duras. Una turca de cuento con un caramelito en la chocha. Pura dulzura.

De sólo acordarme se me levantaba el mástil, se me armaba la carpa, el sol de la mañana no colaboraba. Mi abuelo se dio cuenta y se empezó a reír.

-Sí que la pasaste bien anoche, chaval. En Monstruociudad está lleno de lugares así, ya vas a ver.

Ya había encontrado una cosa de la Monstruociudad que me gustaba.

La Loca Chuchina eran unas casas mal alineadas en una desviación de la ruta vieja a Desaguadero. Era una especie de hospedaje, almacén, aguada y casa de putas en medio de la nada. Unos ranchos de piedra y ladrillo, cubiertos de adobe los más antiguos, de bloque y portland las ampliaciones.  Algunos de los ranchitos estaban pintados y repintados de rosas, verdes y celestes que dejaban ver en los rincones descascarados por el viento.

 

Nadie sabía porque se llamaba La Loca Chuchina. Se llamaba así desde el tiempo en que esa ruta era el Carril de los Chilucos y pasaban las carretas hacia el puerto transportando lana, acetona, cera, blueberricoques. Las Crónicas Matambrinas lo mencionan como lo de La Chuchina, parador y sitio de diversión.

 

Está claro que desde el tiempo de los arrieros, los hombres de la zona nos metíamos en esos huecos a saciar las ganas de lo que se trate. Antes había que esperar pieza con la ficha en la mano, pero desde que habían puesto más cuartos y habían traído a unas paraguayas y cubanas, el negocio había crecido. Ahora tenía estacionamiento y luces de neón. La Loca Chuchina era un oasis de cariño en la soledad implacable de  la planicie potoseña.

 

Mi abuelo me había traído por primera vez cuando tenía doce. Aquella vez vinimos en el tilbury. Lo de la Loca tenía un campito atrás donde se soltaban los caballos. Tenía una higuera gigante en el medio del patio de la casa grande. Ahora hay un estacionamiento para camiones. Mi abuelo también trajo a mis primonstruos a debutar. Después ya aprendimos el camino.

 

En pocos años el lugar había cambiado. Vinimos muchas veces pero nunca había pasado la noche ahí. Apagué el cigarro y salí a mear. Ya oscurecía. El atardecer en la planicie era un lento despliegue de lavandas mortecinas que van apagando el cielo. Una hilera de eucaliptos, crateus y casuarinas hacían un remanso en el viento que soplaba día y noche. Se veían las estrellas. Se escuchaban los molinos. 

 

El viento potosino alimentaba los molinos hidroelectroleícos, que extraían y generaban fluidos esenciales que rebalsan los tendidos, refrescan tuberías y enviaban gasolina por ductos que habían enterrados unos ingenieros australianos cuando mi abuelo era un muchacho. Siempre admiraba esa obra. Decía que los gringos habían sido unos genios al rentar el desierto y utilizar el viento incesante y eterno para sacar agua, luz y petróleo con la misma fuerza impulsora.

 

El viento nacional y popular que soplaba día y noche sin que nadie lo interrumpa. Un día fue esclavizado y convertido en mano de obra, en fuerza de trabajo. Los gringos habían logrado que el gobierno garantice el viento todos los días; eso decían los folletos de la secretaría de turismo para atraer volantineros, papaloteros y voladores de cometas de Europa, de China, como allá ya no quedaba ni viento. El gobierno sacó una campaña de turismo eólico diciendo que “Los días pasan soplando”. Los gringos se lo hicieron cumplir.

 

Los días calmos el gobierno pagaba una penalización. Cuando ya no hubo dinero le fuimos pagando con tierra. Así fue como los gringos se fueron quedando gran parte del desierto. Poco a poco y con vaselina, se fueron comprando la región legua por legua y ahora tenían bases militares, casinos, y cada tanto explotaban bombas. Por suerte, con lo del cambio climático, cada día del Año de la Niña le compensamos en nudos por hora, lo que perdimos en años de calma chicha, y recuperábamos un cerrito, una laguna, unos médanos estratégicos.  Los gringos habían traído sus propios hoteles, sus propios restaurantes, sus propias putas. Lo de La Loca Chuchina era uno de los pocos refugios criollos en la inmensa planicie extrañada.

 

Me daba rabia que mi abuelo admirara a los gringos. Dudé entre irme a dormir al Once14 o volver al quilombo. No podía ser que el abuelo estuviera feliz de que los gringos se fueran quedando con todo y nosotros con las migajas. Seguía con rabia que había vendido el campo. Y sabía que venía a lo de la Chuchina porque allí encontraba lo que le gustaba. Las mocosas. Era un viejo cochino. Pero era mi abuelo y me había pagado una noche en lo de La Loca. Ya estaba en medio del baile. No había forma de salir de allí hasta el día siguiente. No queda otra que darle el gusto al viento, al cuerpo, al morfe y al chupe.

 

Volví cuando sonaba un chorongo requintáo de Los Zampados del Copete. Ya estaban empezando a salir las chicas a bailar. Terminamos de comer una caranchada de palometas asadas, navajuelas y ostiones al til-til. La segunda jarra de vino. Dos cigarros montados, café y eructos.

 

Mi abuelo siempre hacía el mismo chiste cuando veníamos de La Chuchina. Decía que la comida lo había dejado con ganas… con ganas de meterla. 

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