Esa tarde comenzaron a llegar los parientes. Señores de traje y señoras con canastas. Los primonstruos no vinieron. Las mujeres prepararon café, hubo licor, casi todos fumaron. Esperaron durante horas contando historias y horneando comida.
En la pieza de mamá había un olor dulce de sangre y sudor, el abuelo tenía las manos debajo de una sábana, entre las piernas de mamá. Mamá no lloraba, estaba callada, parecía muy cansada, la tía Sana le hablaba al oído, le secaba la frente, le acomodaba el pelo, la abuela le tenía las piernas levantadas.
El abuelo seguía trabajando, parecía un carnicero con su delantal de hule y sus botas de rancho, de debajo de la sábana sacaba trapos con una sangraza, como un gel, otros como unos mocos sucios, marrones. El abuelo los tiraba en una palangana, la abuela preguntaba si no era mejor llamar a un médico, el abuelo se enfurecía, se ponía rojo, resoplaba y le decía que no hacía falta médicos para parir críos, ni curas para morirse, que se deje de bobadas. La abuela limpiaba la palangana cada tanto.
Yo era el único que podía entrar y salir, la pieza de mamá tenía una puertita que comunicaba con la mía. A la madrugada mis tías empezaron a preocuparse, porque no había noticias. Los tíos estaban ansiosos, decía que si estaba muy cansada no la iban a poder pasar a saludar y que para que vinimos, estas cosas de la familia, y que mejor haberlo hecho más temprano.
La abuela salió a tranquilizarlas, les dijo que todo iba bien, que porque no se hacían unos choricitos en salsa, un poco de pasta, café y algo dulce para el abuelo. Que ya terminaban. No sé…. pastelitos o lo que quieran, la abuela volvió a meterse en el cuarto. Yo me quedé un rato afuera y me hice como que me fui a mi pieza de nuevo.
Ya estaba medio dormido cuando nació la Monstruita. Era una cosa peluda y pataleante de color morado que no lloró, nació con los ojos abiertos y nos miraba a todos. La tía Sana la puso en una cobijita, la arropó bien y se despidieron de mamá. Mamá no decía nada. La abuela le sacaba leche de las tetas y la ponía en un frasco, decía que tenía que ser su primera comida.
Todos salimos del cuarto de mamá. El abuelo se quedó. Salió al rato. Ya sin el delantal de hule con el pantalón manchado de una sangre extraña. El tío Nacho le preguntó a mi abuelo si podía pasar él primero a saludar a la flamante madre. El abuelo le dio una palmada en la espalda y que claro hombre, para eso está la familia, para eso está la familia se repitió casi empujándolo dentro del cuarto de mamá.
La tía Sana se llevó el frasquito, la cobijita, el bolso. La única triste parecía la abuela. Todos los demás estaban como normales. Los tíos terminaron de pasar. La abuela dijo que iba a servir más café. Las tías que no te molestes, que ya nos vamos, que ya pasaron todos.
El tío Nacho y el abuelo se quedaron conversando mientras pedían el ascensor. El tío necesitaba al abuelo para unos negocios, lo estaba tentando con volver a tener tierras, una oportunidad que iba a dar el gobierno y era el momento de aprovecharla, tenía unos acuerdos con Salvador Días y ellos irían primero.
El abuelo le dijo que lo iba a pensar, el ascensor se demoraba, el tío insistía que si el negocio se hacía nos fuésemos a vivir al golf, el tío se sacó unos mocos que tenía en el zapato y se alisó el pantalón. Llegó el ascensor, el tío se fue.
Tal vez no estaría tan mal lo de las tierras e irse a vivir al golf. Ojala que el abuelo lo piense. Fui a ver a mamá.