Poco antes de que naciera mi hermanita llegó la tía Sana, se instaló en un catre en la habitación de mamá, día y noche, la bañaba y la peinaba todos los días, le ponía crema en la panza y en las ubres para que no se le arruinen. Ella vivía en Monstruociudad desde hace mucho tiempo, pero todavía tenía el aire ingenuo de los paisanos. Para mí siempre fue la tía Sana, nunca supe como se llamaba.gygyh
Cuando mamá se casó y se fue a vivir a la finca, la tía Sana se quedó en Monstruociudad. Cuando cayó el General, Salvador Días había levantado la prohibición de culto y la tía se había quedado a arreglar las iglesias, a vestir los santos con ropajes nuevos. Rezaba el rosario con una prontitud y devoción que había sido recompensada con un cutis de ángel y un cabello de seda.
La tía Sana sólo había tenido un novio, un negro basquetbolista que jugaba para el Monstream, bastante antes de que se uniera la United Xone y desaparecieran las nacionalidades. Ella blanca como la leche y el negro como los negros basquetbolistas. Estuvieron a punto de casarse, dos veces. Finalmente ella rompió, el negro se fue a México y nunca más se supo.
Los hombres que se le acercaban atraídos por su belleza se retiraban llenos de santidad y sosiego. Los que se habían empecinado en la tía Sana, terminaron vagando balbuceantes como pordioseros, se refugiaban en las drogas o directamente se pegaban un tiro. No era tan bella, pero perturbaba a los hombres con su dulzura, su cabello rojizo y la lenta mirada de gata que desnudaba el alma.
No fue monja por casualidad, las Carmelitas la adoraban, la Teresianas la recibían con gozo, las Claretianas la disputaban para sus avemarías, las Monjas Azules la tentaban con leprosos y purulentos para curar, pero ella nunca quiso entrar a ninguna orden, no quería ser Sor Sana, ni cortarse el cabello.
Cuando el Santísimo visitó Monstruociudad fue la elegida para arreglar la habitación sacramental en la que el pontífice pasaría la noche. Se ocupó devota y celosamente, como hacía todo, lavó la habitación papal con agua de rosas, lavanda y sus lágrimas santas. Con primor de madre cosió y bordó cada prenda y luego de usadas las guardó durante años, era su tesoro, su sudario, el olor de Dios en la tierra.
Cuando la tía Sana llegó a cuidar a mamá una nueva luz entró en el departamento, mamá se tranquilizó y una tarde empezó a trabajar para parir a mi hermanita.
Mi abuela calentó agua, llevó sabanas y trapos a la habitación y llamó a los parientes. Las bodas, los partos, las enfermedades y los entierros eran las ocasiones en que la familia se unía, se juntaba como recibiendo un llamado secreto, inaudible, cada vez que algo de eso ocurría, empezaban a aparecer del fondo de los tiempos estos seres con los que compartimos la sangre siendo tan distintos, tan mezclados siendo tan extraños.
Mi abuelo preparó todo como lo vi hacer tantas veces en el campo, en los galpones, en medio de la noche. Cuando alguna vaca andaba con el ternero atravesado, y los cuajos colgando, el abuelo la ayudaba metiendo el brazo hasta el hombro, jalando las patas de la cría, muchas veces le ayudaba, serenando la vaca, recibiendo el ternero, rompiendo la bolsa, sacando los mocos y babas de la cara de los terneros inertes y con la lengua afuera, hasta que se recuperan y tímidamente empiezan a levantarse.
A veces las madres morían, muchas veces criábamos guachos.