Vino un tiempo como de vacaciones, de conocer Monstruociudad, de buscar el centro, descubrir calles a las que solo se podía ir caminando, el depa ya no era lo peor, estaba resignado, habíamos encontrado restaurantes que hacían asados, en ciertos lugares estaba permitido hacerlos uno mismo, y entre tanto ir y venir, difrutar y roncar, se nos olvidó que ya habían comenzado las clases, de todas maneras iba a tener que hacer algo y había estado pensado en eso como otra de las cosas inevitables de Monstruociudad, o estudiaba o trabajaba, y para trabajar encerrado, mejor estudiaba.
En el pueblo había ido a la escuela hasta la primaria, ya después no había donde estudiar, había que irse para seguir estudiando, yo no me fui, hasta que me vine a Monstruociudad que me hicieron estudiar a la fuerza, yo ya no quería, ya estaba por cumplir catorce, sabía lo que hay que saber y seguía aprendiendo por mi cuenta. No necesitaba más que eso. Libros, café y cigarrillos. Pasé varios meses leyendo, era como un bicho raro, venido del campo, leyendo en los cafés, leyendo en el parque, leyendo en el depa, subiendo cajas y cajas de libros por leer, bajando cajas de libros leídos.
La radio lo inundaba todo, ya casi nadie leía, pero por eso mismo los libros en Monstruociudad eran muy baratos, se vendían por kilo y las monstruotecas literarias eran como santuarios abandonados, se podían encontrar, libros de papel, los letrofilmes, los audiolibros, sólo unos pocos y raros lectores nos encontrábamos fugazmente en los pasillos vacíos de la biblioteca mayor de mostruniverciudad. Yo era como un atleta de la lectura, en Monstruociudad descubrí que era un gran lector, voraz y selectivo, metódico y memorioso. Yo no necesitaba profesores, si seguía leyendo, podría dar los exámenes libres y entrar en la Academia Nacional, sólo unos pocos entran, eso me lo dijo el bedel del sector de Humanidades, y no se paga.
Quería estudiar abogacía, en realidad estaba entre abogacía y letras. Me gustaba la abogacía porque así podría evitar que nos sigan estafando, y metiendo mentiras para sacarnos plata, los abogados ganan mucho dinero y con eso podría comprar el campo de nuevo. No necesitaba ir a la escuela para ser abogado, podía aprender leyendo, todo, todo estaba en los libros, por eso quería estudiar literatura, alguien tenía que conservar la costumbre. La gente idiotizada por Cadena tres iba a la escuela para que le dieran el discurso, en la Multiversidad Siglo TKL, la única universidad en cassete. Yo muy bien podía estudiar por mi cuenta y rendir libre en la Academia nacional. También podría estudiar agronomía en la Estancia el Rosario, aunque es de curas.
Cuando les dije en la cena, se armó un escándalo. Que no, que estaba loco, que ellos ya habían elegido escuela, que les había costado decidir, que mi mamá quería el Champagnat, el abuelo el American Bullit School, pero finalmente se habían decidido por el Normal, que empezaba el lunes, no me habían dicho porque querían darme una sorpresa y que me probara el uniforme, que viera que bonito y que me fuera olvidando de los libros, porque si me habían metido esas ideas en la cabeza, iba a terminar como mi papá, dijo mi abuelo.
Empecé a los gritos que cómo que como que mi papá, si a mi papá lo vamos a encontrar, ahora que estamos acá va a ser más fácil buscarlo. No crean que me olvido y aunque me metan en la escuela voy a seguir leyendo, nunca me voy a olvidar y no los voy a perdonar si no me ayudan a buscarlo. La abuela trataba de calmarme, mamá no decía nada, el abuelo se hacía el sordo, me miraba burlón, yo le gritaba que eran mentiras que se escapó, que todos saben lo que pasó, él se ponía la servilleta en la cabeza y volteaba los ojos, me enfurecí hasta que empecé a temblar, todo se volvió rojo y después negro.
Me desperté con los ojos hinchados, me dolía la cabeza, tenía calientes las orejas, las manos frías y los pies los sentía como globos. No recordaba nada, me levanté despacio, algo del Normal, de unos libros, que nunca más hablara de eso, de la biblioteca, nunca más un libro o algo así, salí al pasillo, estaba un poco mareado todavía, era un domingo, me acuerdo de los detalles, porque después me los preguntaron mil veces, hasta que no sé si los recuerdos son por haberlos vivido o por haberlos contado tantas veces.
Mi abuela me dijo lo que había pasado, el abuelo estaba enojado todavía y se había encerrado con mamá en el cuarto, un buen rato. La abuela me trajo un pantalón gris y un saco azul con un escudito en el bolsillo, me dijo que me los probara, que no hiciera tanto problema que son unos años nomás, la miré con odio, me los puse, el saco me quedaba bien, el pantalón me sobraba de largo, la abuela me hizo parar sobre la silla, casi tocaba el techo del depa, el abuelo aprovechó y me dijo que el seguía mandando en esta familia y que se iba a hacer lo que el dijera, que ya había hablado con mi mamá, que iba a ir al Normal, que ya dejara de hacer esas escenas y ponerme como loco. Uno de los peores domingos de mi vida.
El lunes a las 7 de la mañana llegamos al enorme edificio gris de ventanas pequeñas de la Escuela Normal de Santa Fe. Muchos niños y muchachos de mi edad llegaban solos, muy pocos llegaban con las familias, la mayoría de las familias dejaban a sus hijos en la puerta, nosotros entramos hasta las oficinas, saludamos al director, a la señorita consejera pedagógica, a la asistente administrativa, a la señora de la limpieza, se quedaron hasta que subimos la bandera. Yo estaba parado al último de la fila del primer curso, mis compañeros me llegaban al pecho, la señorita maestra era de mi altura y a la de tercero se la hubiera puesto con ganas.
Sabía más cosas que todos estos idiotas juntos. Mi abuelo me las pagaría, no sé como pero me la va a pagar, voy a sacar provecho de esto, nunca más me va a tocar, ni la va a tocar a mamá, no soy un niño aunque esté forrado de niño, no soy un niño aunque este en el Normal, no soy un niño, voy a encontrar a mi papá, no soy un niño, sólo estoy forrado de tal, voy a encontrar a papá, no soy un niño, sólo forrado de niño.
-Presten atención niños, tenemos un nuevo compañerito. La rebatiña de los niños no cesaba y yo estaba parado con la maestra que era un poco más baja que yo, como de unos años más que mi mamá y que con el tiempo también la empecé a mirar con buenos ojos, la señorita maestra intentaba controlar a los mocosos que serían mis compañeros y mis víctimas durante algunos años. –Niños, silencio o se quedan sin recreo.
Los párvulos comenzaron a amainar su cacareo, la maestra me presentó. Anselmino Antenucci, un compañerito nuevo que viene de Tres Marías, provincia de Asunción. -Saben dónde queda la provincia de Asunción?. Algunos niños levantaron la mano. -A ver quien la señala en el mapa? Los niños se abalanzaron sobre un mapa en la pared y el jolgorio comenzó de nuevo. La señorita maestra tuvo que separarlos y empujarlos para que vuelvan a su lugar y me preguntó si quería decir algo.
-Sólo quiero decir que estoy forrado de niño, no se confundan conmigo, niños, que no soy un niño. Los niños se rieron a carcajadas, la maestra me acompaño hasta el ultimo banco, mientras le pedía a los niños sin forrar que hicieran silencio.