En el depa no había nada de comer y la abuela quería seguir a llamando a los de las pizzas, a los del pollo asado, a los de la rosticería, a los de las empanadas, así que no tenía nada que lavar, que era lo más práctico, que el agua de Monstruociudad le arruinaba las uñas, que la vida moderna y la mar en coche. Nosotros estábamos hartos del recalentado y del tipo que traía las pizzas, de no sentir olor a ajo en la cocina, de que no hubiera sobremesa, ni conversaciones, ni nada. Desayunábamos cereales de caja con leche de caja y jugo de caja con el noticiero del Mario Saurio, comíamos con la botica del recuerdo, la tarde del tres con José Ramón Torri y todas las noticias del deporte monstruoso, cenábamos escuchando Antena tres en el mundo. Todo el día la radio, después de la cenar mi abuelo se prendía un cigarro y escuchábamos “Lo llevan en la sangre” con Mimí Mendoza y Jaime Malcolado, mientras se terminaba la cajita de vino.
Una de esas noches fue que el abuelo empezó a cambiar. Apagó el cigarro, recogió las cosas, aplastó la cajita y la tiró en el canasto de los reciclables, enjuagó el vaso y salió de la cocina secándose las manos y dijo que a partir de mañana, él se iba a encargar de que en el depa hubiera un plato caliente y una sopa a la noche, como debe ser, como fue siempre. A la mañana siguiente salimos al súper, el abuelo le preguntó al encargado donde quedaba el mercado, el tipo nos mandó al Guol-Spar de San Mateo. El súper era realmente enorme, estaba en medio de un mar de autos y señoras con carritos, muchachos que ayudan a cargar los paquetes, los muebles, las plantas, todo lo que se puede necesitar para una casa, un departamento, un negocio estaba allí, era como una pequeña ciudad dentro de la Monstruociudad. Hasta tenía un hotel, cines, comedores, bancos. Todo, todo estaba allí.
Las grandes marcas que anunciaban en Cadena tres estaban allí. Agarramos un carrito que era como una canasta con ruedas y empezamos a pasearnos por el Guol-Spar, fuimos a la parte de las verduras, todas estaban envueltas, y tenían un cartel que decía de que se trataba y de donde venía, uvas chilenas, kiwi de Madagascar, bananas de Ecuador, tomate mexicano, lechuga hidropónica, huevos de Omega 6, zarzamoras orgánicas. Algunas de las frutas eran muy raras, como cambiadas genéticamente, mandarinas sin semilla, melón salado, tunas sin espinas, tomates enanos, zanahorias ralladas, peras de agua, vino de mesa, papas dulces.
De allí fuimos a buscar carne, igual, toda en paquetes de plástico, sin hueso, con los paquetitos de salsa en un sobrecito, los pollos descuartizados, las patas por un lado, las pechugas por el otro, bandejitas con alas, no se veían las cabezas, ni los pies por ningún lado, todos los pedazos de pollo, en bandeja, alineados, aplastados por un plástico, no entendía como la abuela podría cocinar con eso. Compramos más vino en caja, panes, cosas, aceite, porotos, arroz. El abuelo se movía como guiado por una mano invisible, iba poniendo cosas en el carrito que cada vez pesaba más. Cajas de puré de tomate, de leche, cajas y más cajas, el carrito tenía un piso debajo del canasto preparado para cargar cajas.
Pusimos la mercadería en unas cintas transportadoras que llevaban los paquetes, las cajas, todo hacia una señorita que los ponía bajo una luz, luego la cinta seguía hacia un embolsador que iba cargando otro carrito. El abuelo estaba admirado, además se ganó un tarjeta del Gual-Spar Club, que le juntaba puntos cada vez que compraba y otra que podía usar si tenía que comprar algo y se había olvidado la plata. Fuimos a dejar las cosas en el auto, las pusimos en el asiento de atrás y fuimos a Elektrogar, otra de las grandes marcas de Cadena tres. Compramos una máquina para lavar los platos, a tu abuela lo que le molesta es lavar los platos, por eso no cocina, lavar los platos y que seamos unos atrasados.
Quisimos cargar la cajota del lavaplatos en la baulera del Grand Routier, pero no había forma, hacíamos maniobras para uno y otro lado y no entraba, los muchachos del estacionamiento y los cargadores se habían ofrecido a ayudarnos, pero el abuelo los espantaba, que sólo buscaban sacarle la plata, que nosotros podíamos, ya el sol estaba alto, la cajota pesaba como una vaquilla, los cargadores se ofrecían, ya se había formado un corrillo de curiosos que opinaban, sugerían y calculaban, proponían pequeñas modificaciones como quitar la cajuela, pasar la mercadería atrás, quitar los asientos, desmontar la caja y desarmar la máquina, luego volver a armarla. Todos opinaban pero nadie echaba una mano. Finalmente logramos subir la cajota sobre el techo del Routier, el abuelo le puso las alfombras debajo para que no raye la pintura, pero de todas maneras quedó hundido y la atamos con una soga que pasaba por dentro de las ventanas de un lado al otro, por los parachoques y rodeaba la gran caja por los cuatro costados, convirtiendo al auto en una fragata monstruosa.
Bajamos por San Jerónimo, despacio, felices, ajustando las cuerdas cada tanto.