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XX-Colgar la bata

Todo ese tiempo después de que se fueran a vivir al Country, la vida se volvió una mezcla de declaraciones e historias que se cruzan y se entrecruzan y se vuelven a contar pero desde distintos lados. Monstruociudad conocía las intimidades de nuestra familia y se regodeó con eso, como si de verdad nos pudieran conocer así, por las notas de la Cadena Tres.

Mamá apareció ahorcada con el cinto de su bata de baño, ahorcada y violada. Apenas violada, decían los abogados. La descubrió una vecina, que no le contestaba el teléfono y habían quedado de ir a jugar al bridge. La noche anterior hubo varias fiestas en Monstruociudad y en el Country que todos pensaron que estaría durmiendo, que era raro que justo el abuelo se hubiera ido a jugar un torneo a Santa Fe.

Todos sospecharon que era por los vínculos con los negocios del abuelo, con la envidia que le tenían las otras mujeres del Country, que sabía demasiado, que había descubierto el secreto de la familia, que los Antenucci no perdonan y tantas cosas dijeron, dijieron, ya no se como se dicen algunas cosas. Encontraron pelos del tío Nacho, uñas y mocos y pelos del abuelo y semen de tres alelos compartidos, o material genéticamente compatible.

Tanta tragedia junta. Vinieron de la Cadena 3 como mil veces. Todo fue expuesto, hasta las fotos las describían en el programa. Las fotos de los forenses se vendían en el mercado negro, después las piratearon, hasta sacaron camisetas con chistes. La vida de la gente, son como cerdos que huelen sangre y se revuelcan en la miseria ajena, se regordean en que no les tocó a ellos. Regodean, muchas gracias. Me da otro cigarrito?

Así es, la bata estaba colgada, perfecta en el baño del cuarto que usaba yo cuando iba allá. Éramos felices entonces, yo dormía la siesta con mamá, con las primas, ellas contaron todo por dinero, todo y hasta mintieron por plata. Ahora ellas ya están casadas, se cambiaron el nombre, a mí ni me saludan, me desconocen, quemaron las fotos, borraron las actas. El tío Nacho tenía muchos contactos adentro, contactos y dinero.

Dormíamos juntos pero no hacíamos nada malo. Siempre supimos que en nuestra familia éramos así, compartidos. El abuelo no quería que se supiera eso, que no iban a entender, al principio a les pareció monstruosos, pero siguieron sus vidas, siguieron las noticias, vinieron otros tiempos, a la larga Monstruociudad lo tomó bien, gracias a la prensa que le dio un giro, como de ya basta, de volver a los valores. La gente empezó a querer más a su familia, acercarse más a los seres queridos, a conocer su genética. A no desconfiar, pero nadie lo agradece a eso, nadie lo reconoce.

El tío Nacho buscó gente del gobierno se ocupó de todo, se buscaron un perejil que se coma el garrón, se armó una cortina de humo con un asesino violador, pusieron mucha plata, nunca se supo quién la mató. El abuelo dejó de hablarme, yo seguí investigando, sabe. Mamá me había heredado todo a mí y no me había dicho nada y el abuelo había puesto lo del tío Nacho a nombre de mamá, así que todo era mío y que me lo gasté todo queriendo saber quien fue el que la mató, queriendo saber quien fue mi padre, si es que tuve alguno o soy un engendro de la maldad de esta familia.

Necesitaba saber la verdadera historia y terminé convertido en esto. Un personaje de feria, la gente viene a verme para ver si soy humano, si tengo mano de rana u orejas de cerdo, me gritan pata e’ queso. Como si fuera un monstruo. Me dicen cosas, me golpean, a veces viene gente importante a sí como usted que me hace el reportaje, otras veces vienen de las universidades a estudearme, me sacan sangre, me toman medidas, ah, si a estudiarme, gracias.

Yo nunca supe quien fue mi padre, no los pude saber, estaban los alelos muy comprometidos, no había forma de distinguirlos, se hablo de la teoría del patermonster que es como una regresión adánica, un salto genético reversible, es decir a un patrón indiferenciado del que venimos todos los seres humanos, o por lo menos eso decían los que investigaron el asunto.

Ya no me queda nada de esa época, las fotos se las fueron robando los periodistas, hasta una tarjeta que me había mandado un Dr. Lefroi agradeciendo en francés los diarios de mamá, ella nunca dijo nada, pero había estado escribiendo todo este tiempo, todo lo que pasaba. Yo no los quise ni leer, seguí investigando por mi cuenta, prefería mi método, además no le entendía la letra, se los mandé a este doctor y cuando quise saber, ya estaba todo en un libro.

Al principio nadie entendía nada, gran parte del libro era símbolos y gráficos, nomenclaturas extrañas y nuevas. Se crearon universidades para poder estudiar estos asuntos. Monstruociudad se convirtió en la ciudad con más estudiosos de las personas que personas mismas, se formaron grupos de estudiosos que estudiaban a los estudiosos de las personas con problemas similares. Yo no vi un centavo del libro y ya para esa altura estaba viviendo acá, pobre y sin planes.

A veces viene gente importante como usted que me hace un reportaje, me dejan algún dinero, pero si no el resto del tiempo vivo de Monstruociudad, me alimento de allí, compro, vendo, vivo como puedo, ya no me pregunto de donde vengo, ni quién soy, si estoy vivo es por algo, no? y no me hace falta más, las demás personas porque viven, porque existen, no lo saben, tampoco lo saben, no? de donde vienen? Porque existen?. Tiene otro cigarrito?

Gracias. Sabe qué? Escriba lo que quiera de esta historia, ya no me afecta, pero una cosa, si. Lo único que le pido es que ponga bien mi nombre. Anselmino Antenucci, así con doble c.

IX-Buscar el centro

Al final el abuelo aceptó el negocio del tío Nacho, aunque tuvo que asegurarle que tenía todo arreglado. En realidad era sencillo. Tenía que firmarle unos papeles para comprar unas tierras olvidadas. Con lo que recibió se compró un Routier nuevo, las cosas empezaron a ir bien, el dinero llegaba fácil. El tío cada vez compraba más tierras y el abuelo se compraba más casas, departamentos, locales, empezó a jugar al golf, al final se fueron a vivir al Country Club, para estar más cerca de la cancha y de la barra.

Separarnos fue muy difícil. Los días con mamá se terminaron. Ella pensaba que yo ya estaba grande para seguir con ella y que alguna vez deberíamos separarnos, que ella estaría bien con los abuelos, que me viniera grande, que dejara de buscar a papá, que me consiguiera una mujer, que hiciera mi propia historia, que por una vez abriera los ojos a la realidad, que podía ser muy duro todo lo que podía encontrar pero era mejor eso que vivir encerrado en un sueño.

Todo eso pensaba mamá pero no decía nada. Yo me fui dando cuenta de todo esto con el tiempo. Los últimos días se le notaba en la manera de mirar, en la forma de rechazarme cuando la quería abrazar o la buscaba, parecía molesta la mayor parte del tiempo, a la noche la escuchaba llorar en su cuarto. Hubiera querido consolarla pero ella cerraba la puertita de su lado, para ir a su pieza tenía que salir y dar la vuelta por la sala, más de una vez me encontraba que el abuelo ya había ido a verla. Que extrañaba el campo, que tenía pesadillas, que necesitaba el aire del Country, que las mujeres son así cuando está en sus días, que vaya a dormir, que él se ocupaba.

Yo no quería que me dejaran, pero tampoco quería ir. El Country se me hacía como un lugar con establos, pampitas verdes y caballerizas con cerquitos pintados de blanco, todo perfectito pero muy, cuando en realidad era la caldera del infierno, la cueva de los chismes y el paraíso de los cuernos, en Monstruociudad todo se sabe, termina siendo un pueblo chico, igual. No era por eso que no quería ir, era porque quería buscar el centro, en todos estos años la Monstruociudad se había ido tragando el centro, los lugares en los que se podía encontrar información, algo para leer la ciudad se los había ido tragando.

Mamá insistía que me quede y el abuelo se resistía a que yo vaya. Al final se fueron con sus cosas y quedé sólo. Las mujeres se fueron con él, yo me quedé en el departamento, a terminar los estudios, a buscar el centro. Iría en los veranos, en los fines de semana de puentes y fiestas largas. En el silencio que quedo flotando seguía escuchando sus voces.

El departamento se volvió enorme y las noches eternas. Me acordaba de la vida con mamá y los abuelos, los días de venir a Monstruociudad se me hacían lejanos, como las Tres Marías, de pronto las cosas que se van desaparecen, se olvidan, nuevos sucesos, nuevo, todo nuevo.

Ya nadie se acuerda. Menos mal que cada tanto viene alguien y pregunta, que si no, esta historia estaría olvidada, yo mismo me hubiera olvidado. De pronto todos estamos siempre a mitad de camino, nunca nos dimos cuenta que siempre estuvimos a mitad del camino, y hay que volver a contar la historia, por si aparecen nuevos elementos.

El Country fue el centro de una nueva forma de vivir en familia en Monstruociudad. Se comenzaron nuevas historias, nuevas familias, nuevas tragedias. La abuela se quebró la cadera jugando tenis y no se recuperó bien, ya casi no salía de la casa, se fue apagando, se enfermaba de todo y se consumió en vida, los médicos dijeron que tenía la sangre pesada. Mamá se ocupó de todo porque el abuelo estaba destruido, nunca lo había visto tan achacado. Mamá lo obligó a salir, a cortarse el pelo, a comprarse ropa nueva, así hasta que recuperó las ganas, se lo veía hecho un pibe, le echaba pimienta al café, como quien dice.

El Country tenía un salón de fiestas, como una casona con techos altos, mamá se volvió el alma de las fiestas todo se hacía en comisiones y ella se ocupó de hacer concursos de baile, los té canastas y los famosos matinés que terminaban a la madrugada en casa de alguien. El abuelo era uno de los que más aportaba a las comisiones y siempre se los veía del brazo, se los veía felices, organizando y planeando nuevas fiestas. Ahora todo parece lejano pero esto que le cuento pasó hace poco, es decir, que yo me acuerde, no es mucho.

Cuando me quedé sólo empecé a buscar el centro, Monstruociudad había cambiado mucho desde que llegamos de las Tres Marías, el centro siempre estaba en recuperación, en reconstrucción y en remodelación. Salvador Días había vuelto a ganar las elecciones, pero esta vez por el Partido Ecologista Autónomo, después de la reforma que hizo cuando fue presidente por el Partido Auténtico Convergente, pudo volver a ser re-reelecto y había puesto calles para caminar para bicicleta, había lugares para fumar y para no fumar.

Que será? en quince años… veinte  años que todo esto pasó y el río no ha vuelto, la gente si acaso se acuerda como era la vida antes de todo esto, la gente poderosa, siempre me quiso hacer callar, como a mi papá… bueno al que buscaba como a mi papá.

XVIII-Mostrarse

Esa tarde comenzaron a llegar los parientes. Señores de traje y señoras con canastas. Los primonstruos no vinieron. Las mujeres prepararon café, hubo licor, casi todos fumaron. Esperaron durante horas contando historias y horneando comida.

En la pieza de mamá había un olor dulce de sangre y sudor, el abuelo tenía las manos debajo de una sábana, entre las piernas de mamá. Mamá no lloraba, estaba callada, parecía muy cansada, la tía Sana le hablaba al oído, le secaba la frente, le acomodaba el pelo, la abuela le tenía las piernas levantadas.

El abuelo seguía trabajando, parecía un carnicero con su delantal de hule y sus botas de rancho, de debajo de la sábana sacaba trapos con una sangraza, como un gel, otros como unos mocos sucios, marrones. El abuelo los tiraba en una palangana, la abuela preguntaba si no era mejor llamar a un médico, el abuelo se enfurecía, se ponía rojo, resoplaba y le decía que no hacía falta médicos para parir críos, ni curas para morirse, que se deje de bobadas. La abuela limpiaba la palangana cada tanto.

Yo era el único que podía entrar y salir, la pieza de mamá tenía una puertita que comunicaba con la mía. A la madrugada mis tías empezaron a preocuparse, porque no había noticias. Los tíos estaban ansiosos, decía que si estaba muy cansada no la iban a poder pasar a saludar y que para que vinimos, estas cosas de la familia, y que mejor haberlo hecho más temprano.

La abuela salió a tranquilizarlas, les dijo que todo iba bien, que porque no se hacían unos choricitos en salsa, un poco de pasta, café y algo dulce para el abuelo. Que ya terminaban. No sé…. pastelitos o lo que quieran, la abuela volvió a meterse en el cuarto. Yo me quedé un rato afuera y me hice como que me fui a mi pieza de nuevo.

Ya estaba medio dormido cuando nació la Monstruita. Era una cosa peluda y pataleante de color morado que no lloró, nació con los ojos abiertos y nos miraba a todos. La tía Sana la puso en una cobijita, la arropó bien y se despidieron de mamá. Mamá no decía nada. La abuela le sacaba leche de las tetas y la ponía en un frasco, decía que tenía que ser su primera comida.

Todos salimos del cuarto de mamá. El abuelo se quedó. Salió al rato. Ya sin el delantal de hule con el pantalón manchado de una sangre extraña. El tío Nacho le preguntó a mi abuelo si podía pasar él primero a saludar a la flamante madre. El abuelo le dio una palmada en la espalda y que claro hombre, para eso está la familia, para eso está la familia se repitió casi empujándolo dentro del cuarto de mamá.

La tía Sana se llevó el frasquito, la cobijita, el bolso. La única triste parecía la abuela. Todos los demás estaban como normales. Los tíos terminaron de pasar. La abuela dijo que iba a servir más café. Las tías que no te molestes, que ya nos vamos, que ya pasaron todos.

El tío Nacho y el abuelo se quedaron conversando mientras pedían el ascensor. El tío necesitaba al abuelo para unos negocios, lo estaba tentando con volver a tener tierras, una oportunidad que iba a dar el gobierno y era el momento de aprovecharla, tenía unos acuerdos con Salvador Días y ellos irían primero.

El abuelo le dijo que lo iba a pensar, el ascensor se demoraba, el tío insistía que si el negocio se hacía nos fuésemos a vivir al golf, el tío se sacó unos mocos que tenía en el zapato y se alisó el pantalón. Llegó el ascensor, el tío se fue.

Tal vez no estaría tan mal lo de las tierras e irse a vivir al golf. Ojala que el abuelo lo piense. Fui a ver a mamá.

XVII-La tía Sana

Poco antes de que naciera mi hermanita llegó la tía Sana, se instaló en un catre en la habitación de mamá, día y noche, la bañaba y la peinaba todos los días, le ponía crema en la panza y en las ubres para que no se le arruinen. Ella vivía en Monstruociudad desde hace mucho tiempo, pero todavía tenía el aire ingenuo de los paisanos. Para mí siempre fue la tía Sana, nunca supe como se llamaba.gygyh

Cuando mamá se casó y se fue a vivir a la finca, la tía Sana se quedó en Monstruociudad. Cuando cayó el General, Salvador Días había levantado la prohibición de culto y la tía se había quedado a arreglar las iglesias, a vestir los santos con ropajes nuevos. Rezaba el rosario con una prontitud y devoción que había sido recompensada con un cutis de ángel y un cabello de seda.

La tía Sana sólo había tenido un novio, un negro basquetbolista que jugaba para el Monstream, bastante antes de que se uniera la United Xone y desaparecieran las nacionalidades. Ella blanca como la leche y el negro como los negros basquetbolistas. Estuvieron a punto de casarse, dos veces. Finalmente ella rompió, el negro se fue a México y nunca más se supo.

Los hombres que se le acercaban atraídos por su belleza se retiraban llenos de santidad y sosiego. Los que se habían empecinado en la tía Sana, terminaron vagando balbuceantes como pordioseros, se refugiaban en las drogas o directamente se pegaban un tiro. No era tan bella, pero perturbaba a los hombres con su dulzura, su cabello rojizo y la lenta mirada de gata que desnudaba el alma.

No fue monja por casualidad, las Carmelitas la adoraban, la Teresianas la recibían con gozo, las Claretianas la disputaban para sus avemarías, las Monjas Azules la tentaban con leprosos y purulentos para curar, pero ella nunca quiso entrar a ninguna orden, no quería ser Sor Sana, ni cortarse el cabello.

Cuando el Santísimo visitó Monstruociudad fue la elegida para arreglar la habitación sacramental en la que el pontífice pasaría la noche. Se ocupó devota y celosamente, como hacía todo, lavó la habitación papal con agua de rosas, lavanda y sus lágrimas santas. Con primor de madre cosió y bordó cada prenda y luego de usadas las guardó durante años, era su tesoro, su sudario, el olor de Dios en la tierra.

Cuando la tía Sana llegó a cuidar a mamá una nueva luz entró en el departamento, mamá se tranquilizó y una tarde empezó a trabajar para parir a mi hermanita.

Mi abuela calentó agua, llevó sabanas y trapos a la habitación y llamó a los parientes. Las bodas, los partos, las enfermedades y los entierros eran las ocasiones en que la familia se unía, se juntaba como recibiendo un llamado secreto, inaudible, cada vez que algo de eso ocurría, empezaban a aparecer del fondo de los tiempos estos seres con los que compartimos la sangre siendo tan distintos, tan mezclados siendo tan extraños.

Mi abuelo preparó todo como lo vi hacer tantas veces en el campo, en los galpones, en medio de la noche. Cuando alguna vaca andaba con el ternero atravesado, y los cuajos colgando, el abuelo la ayudaba metiendo el brazo hasta el hombro, jalando las patas de la cría, muchas veces le ayudaba, serenando la vaca, recibiendo el ternero, rompiendo la bolsa, sacando los mocos y babas de la cara de los terneros inertes y con la lengua afuera, hasta que se recuperan y tímidamente empiezan a levantarse.

A veces las madres morían, muchas veces criábamos guachos.

Entender a una familia siempre es complicado, a mi siempre me costó, me llevó años entender quiénes eran esas personas que vivían en la finca y a veces se iban y a veces volvían, que se casaban y tenía hijos que a su vez se casaban y mezclaban apellidos con la gente del pueblo, con los de las otras fincas, eso era volverse parientes.

Al principio la gente no le da importancia a eso de ser parientes, pero con el tiempo se ha ido descubriendo que es muy importante, porque con el asunto de la genética uno tiene una mezcla de lo que viene de los otros. La abuela venía de buena familia, de los Monteros Pintos, ella siempre lo decía, que si no se hubiera casado con el abuelo hoy sería otra cosa, otra cosa decía, pero nunca que cosa, la familia de ella era de Salamanca, su papá fue un señor importante y todos sus hermanos estudiaron, el tío Carlos es doctor, el Hugo ingeniero y el Luis se metió a cura, en esa época los curas eran muy importantes en la familia.

Todos los Monteros estudiaron, menos mi abuela, que lo conoció al abuelo una vez que fue a vender la cosecha, antes el abuelo hacía eso, cuando no había mercados, cargaba la fruta en el once14 y salía a venderla por los pueblos, las ciudades, los cruces de caminos, a veces eran largas vueltas, a veces en una mañana se acababa todo. Así fue como se conocieron, fue verse y prendarse, mi abuelo era mayor que ella, que tenía diecisiete. Mi abuelo lo primero que hizo fue mentirle que era soltero.

La abuela lo creyó hasta que conoció a los hijos del primer matrimonio de mi abuelo, la abuela Berta, que había muerto en el parto de la tía María, la mamá de la Olivia y del Brandon, del Anselmo Benjamín, la tía María nunca pudo superar que la mamá se muriera en su parto y de muy joven se casó con un viajante y se fue de Las Marías, a los chicos los veíamos cada tanto, venían a la finca en los veranos, a estar con el abuelo y la foto de la abuela Berta.

El otro hijo de la abuela Berta era el tío Coco, que se casó con una prima por parte de los Fittaldi, en esa época era chiquitos, la abuela se conmovió mucho cuando se enteró que la abuela Berta se había muerto al parir y mi abuelo no le quiso contar eso de entrada, que para que no piense que la quería estar usando a la muerta para conquistarla. La abuela siempre tuvo una foto de la abuela Berta en la casa, aunque cuando se casó con el abuelo, lo primero que hizo fue meter a los chicos de la Berta en la escuela de curas de lunes a sábado.

Mi abuelo era un galán, lo sigue siendo, pero en esa época parecía actor de cine, mi abuela era muy linda también. Se escaparon en el 11catorce, una noche de lluvia, el abuelo atracó el camión cerca de la ventana de mi abuela y se la robó. Cuando la encontraron, ya estaba casada y había nacido mi papá. Ya no había vuelta atrás, en aquella época era así. Si no, no hubiera nacido, creo yo. Mi abuelo lo tuvo a mi papá, a la tía Cheli y al tío Nacho, en un tiempo todos vivían en la finca, hasta el tío Coco, que se casó con una chica de Cuatro Vientos, la tía Jesusa, mamá del tío Beto, y del Jorge y de la tía Luisa, casada con un Riquelmo. Esos son como polimonstruos míos por parte de padre.

Los que si eran primonstruos eran el Arnulfo, que era el mayor de la tía Cheli, que se casó con un militar, el mayor Lescano, se fue con el una vuelta que fueron a hacer desfile por el día de las Tres Isletas, le pasó algo parecido a lo de mi abuelo, que se enamoraron de repente y se casaron, ella se fue de cuartel en cuartel siguiéndolo, unos años le tocó en plena montaña, allí lo tuvieron al Garbiel Grabiel Garbriel, en medio de la nieve, los anotaron en un pueblito de montaña, pero por el frío no podían ni pronunciar el nombre y el tipo del registro con los dedos congelados lo anotó las tres veces mal, y así quedó, el primostro Garbiel Grabiel Garbriel era flacuchento y enfermizo, y la ultima de la tía Cheli es la Dominga, mi primalma.

El tío Nacho ahora es funcionario del gobierno de Salvador Dias. Tío Nacho siempre estuvo en el gobierno, cuando estaba el General también estaba en el gobierno, hizo mucha plata, inventó un shampoo que tiñe las canas y evita la calva, la caspa y la seborrea, se vende en la United Xone, es una de las grandes marcas de Cadena tres.

El tío Nacho se casó con Lupita Lobita, la que era bailarina de Locovisión, antes de que Salvador prohibiera las imágenes nocivas y la radio lo inundara todo, la Lobato era la mujer más codiciada de Monstruociudad, hasta que se la quedó el tío Nacho, con sus millones y su pelo renegrido.

Los indios de Las Marías decían que el tío Nacho les había robado la fórmula del champú, la historia persiguió al tío Nacho hasta que el ejército a cargo del tío Lescano en una revuelta arrasó con las tolderías. Ya nunca se habló del la fórmula del champú del tío Nacho.

El tío Nacho se llevaba muy mal con mi papá, las pocas veces que se hablaron terminaron peleando, el tío Nacho y Lupita, nunca quiso que le digamos tía, tenían dos hijos, Brian y Jeniffer, nada más. Lupita decía que más de dos hijos no era equilibrado, fumaba todo el tiempo y tomaba café, odiaba los velorios y funerales, decía que lo más civilizado era quemar a los muertos y tirar sus cenizas en algún lugar lindo que tuviera espacio para los periodistas de Cadena tres, quien sabe si  hasta para algún medio del espectáculo, es que una muerte, es una cosa que conmueve mucho al publico, decía enigmática.

Por parte de mamá, sólo estaba la tía Sana. Mamá y la tía Sana habían quedado huérfanas cuando bombardearon la plaza, sus papás tenían un puesto de maní tostado y semillas de calabaza al lado del Monumento a la República. Papá conoció a mamá cuando trabajó en la IKA, el abuelo decía que de allí había sacado las ideas, que allí empezó a leer, yo quería mucho a mi mamá, pero ella no decía nada.

Hasta donde yo conocía, esa era mi familia, mi papá siempre me decía que los parientes no se eligen, las pocas veces que lo vi, me decía eso, que era mejor que me quedara con el abuelo y con mamá en el campo, que el vendría a buscarnos cuando cayera Salvador, que ahora el tenía que ir a trabajar al norte con su gente, que el final estaba cerca y ya vendrían tiempos mejores. Lo mismo que mi abuelo, que ya vendrían tiempos mejores, aunque no sé que querían decir, lo mejor de uno no era lo mejor del otro. Mi papá se fue a hacer lo suyo al norte, con su gente, nosotros no éramos su gente, parece.

Esa era mi familia, hasta que nació mi hermanita.

XV-El Normal

Vino un tiempo como de vacaciones, de conocer Monstruociudad, de buscar el centro, descubrir calles a las que solo se podía ir caminando, el depa ya no era lo peor, estaba resignado, habíamos encontrado restaurantes que hacían asados, en ciertos lugares estaba permitido hacerlos uno mismo, y entre tanto ir y venir, difrutar y roncar, se nos olvidó que ya habían comenzado las clases, de todas maneras iba a tener que hacer algo y había estado pensado en eso como otra de las cosas inevitables de Monstruociudad, o estudiaba o trabajaba, y para trabajar encerrado, mejor estudiaba.

En el pueblo había ido a la escuela hasta la primaria, ya después no había donde estudiar, había que irse para seguir estudiando, yo no me fui, hasta que me vine a Monstruociudad que me hicieron estudiar a la fuerza, yo ya no quería, ya estaba por cumplir catorce, sabía lo que hay que saber y seguía aprendiendo por mi cuenta. No necesitaba más que eso. Libros, café y cigarrillos. Pasé varios meses leyendo, era como un bicho raro, venido del campo, leyendo en los cafés, leyendo en el parque, leyendo en el depa, subiendo cajas y cajas de libros por leer, bajando cajas de libros leídos.

La radio lo inundaba todo, ya casi nadie leía, pero por eso mismo los libros en Monstruociudad eran muy baratos, se vendían por kilo y las monstruotecas literarias eran como santuarios abandonados, se podían encontrar, libros de papel, los letrofilmes, los audiolibros, sólo unos pocos y raros lectores nos encontrábamos fugazmente en los pasillos vacíos de la biblioteca mayor de mostruniverciudad. Yo era como un atleta de la lectura, en Monstruociudad descubrí que era un gran lector, voraz y selectivo, metódico y memorioso. Yo no necesitaba profesores, si seguía leyendo, podría dar los exámenes libres y entrar en la Academia Nacional, sólo unos pocos entran, eso me lo dijo el bedel del sector de Humanidades, y no se paga.

Quería estudiar abogacía, en realidad estaba entre abogacía y letras. Me gustaba la abogacía porque así podría evitar que nos sigan estafando, y metiendo mentiras para sacarnos plata, los abogados ganan mucho dinero y con eso podría comprar el campo de nuevo. No necesitaba ir a la escuela para ser abogado, podía aprender leyendo, todo, todo estaba en los libros, por eso quería estudiar literatura, alguien tenía que conservar la costumbre. La gente idiotizada por Cadena tres iba a la escuela para que le dieran el discurso, en la Multiversidad Siglo TKL, la única universidad en cassete. Yo muy bien podía estudiar por mi cuenta y rendir libre en la Academia nacional. También podría estudiar agronomía en la Estancia el Rosario, aunque es de curas.

Cuando les dije en la cena, se armó un escándalo. Que no, que estaba loco, que ellos ya habían elegido escuela, que les había costado decidir, que mi mamá quería el Champagnat, el abuelo el American Bullit School, pero finalmente se habían decidido por el Normal, que empezaba el lunes, no me habían dicho porque querían darme una sorpresa y que me probara el uniforme, que viera que bonito y que me fuera olvidando de los libros, porque si me habían metido esas ideas en la cabeza, iba a terminar como mi papá, dijo mi abuelo.

Empecé a los gritos que cómo que como que mi papá, si a mi papá lo vamos a encontrar, ahora que estamos acá va a ser más fácil buscarlo. No crean que me olvido y aunque me metan en la escuela voy a seguir leyendo, nunca me voy a olvidar y no los voy a perdonar si no me ayudan a buscarlo. La abuela trataba de calmarme, mamá no decía nada, el abuelo se hacía el sordo, me miraba burlón, yo le gritaba que eran mentiras que se escapó, que todos saben lo que pasó, él se ponía la servilleta en la cabeza y volteaba los ojos, me enfurecí hasta que empecé a temblar, todo se volvió rojo y después negro.

Me desperté con los ojos hinchados, me dolía la cabeza, tenía calientes las orejas, las manos frías y los pies los sentía como globos. No recordaba nada, me levanté despacio, algo del Normal, de unos libros, que nunca más hablara de eso, de la biblioteca, nunca más un libro o algo así, salí al pasillo, estaba un poco mareado todavía, era un domingo, me acuerdo de los detalles, porque después me los preguntaron mil veces, hasta que no sé si los recuerdos son por haberlos vivido o por haberlos contado tantas veces.

Mi abuela me dijo lo que había pasado, el abuelo estaba enojado todavía y se había encerrado con mamá en el cuarto, un buen rato. La abuela me trajo un pantalón gris y un saco azul con un escudito en el bolsillo, me dijo que me los probara, que no hiciera tanto problema que son unos años nomás, la miré con odio, me los puse, el saco me quedaba bien, el pantalón me sobraba de largo, la abuela me hizo parar sobre la silla, casi tocaba el techo del depa, el abuelo aprovechó y me dijo que el seguía mandando en esta familia y que se iba a hacer lo que el dijera, que ya había hablado con mi mamá, que iba a ir al Normal, que ya dejara de hacer esas escenas y ponerme como loco. Uno de los peores domingos de mi vida.

El lunes a las 7 de la mañana llegamos al enorme edificio gris de ventanas pequeñas de la Escuela Normal de Santa Fe. Muchos niños y muchachos de mi edad llegaban solos, muy pocos llegaban con las familias, la mayoría de las familias dejaban a sus hijos en la puerta, nosotros entramos hasta las oficinas, saludamos al director, a la señorita consejera pedagógica, a la asistente administrativa, a la señora de la limpieza, se quedaron hasta que subimos la bandera. Yo estaba parado al último de la fila del primer curso, mis compañeros me llegaban al pecho, la señorita maestra era de mi altura y a la de tercero se la hubiera puesto con ganas.

Sabía más cosas que todos estos idiotas juntos. Mi abuelo me las pagaría, no sé como pero me la va a pagar, voy a sacar provecho de esto, nunca más me va a tocar, ni la va a tocar a mamá, no soy un niño aunque esté forrado de niño, no soy un niño aunque este en el Normal, no soy un niño, voy a encontrar a mi papá, no soy un niño, sólo estoy forrado de tal, voy a encontrar a papá, no soy un niño, sólo forrado de niño.

-Presten atención niños, tenemos un nuevo compañerito. La rebatiña de los niños no cesaba y yo estaba parado con la maestra que era un poco más baja que yo, como de unos años más que mi mamá y que con el tiempo también la empecé a mirar con buenos ojos, la señorita maestra  intentaba controlar a los mocosos que serían mis compañeros y mis víctimas durante algunos años. –Niños, silencio o se quedan sin recreo.

Los párvulos comenzaron a amainar su cacareo, la maestra me presentó. Anselmino Antenucci, un compañerito nuevo que viene de Tres Marías, provincia de Asunción. -Saben dónde queda la provincia de Asunción?. Algunos niños levantaron la mano.  -A ver quien la señala en el mapa? Los niños se abalanzaron sobre un mapa en la pared y el jolgorio comenzó de nuevo. La señorita maestra tuvo que separarlos y empujarlos para que vuelvan a su lugar y me preguntó si quería decir algo.

-Sólo quiero decir que estoy forrado de niño, no se confundan conmigo, niños, que no soy un niño. Los niños se rieron a carcajadas, la maestra me acompaño hasta el ultimo banco, mientras le pedía a los niños sin forrar que hicieran silencio.

En el depa no había nada de comer y la abuela quería seguir a llamando a los de las pizzas, a los del pollo asado, a los de la rosticería, a los de las empanadas, así que no tenía nada que lavar, que era lo más práctico, que el agua de Monstruociudad le arruinaba las uñas, que la vida moderna y la mar en coche. Nosotros estábamos hartos del recalentado y del tipo que traía las pizzas, de no sentir olor a ajo en la cocina, de que no hubiera sobremesa, ni conversaciones, ni nada. Desayunábamos cereales de caja con leche de caja y jugo de caja con el noticiero del Mario Saurio, comíamos con la botica del recuerdo, la tarde del tres con José Ramón Torri y todas las noticias del deporte monstruoso, cenábamos escuchando Antena tres en el mundo. Todo el día la radio, después de la cenar mi abuelo se prendía un cigarro y escuchábamos  “Lo llevan en la sangre” con Mimí Mendoza y Jaime Malcolado, mientras se terminaba la cajita de vino. 

Una de esas noches fue que el abuelo empezó a cambiar. Apagó el cigarro, recogió las cosas, aplastó la cajita y la tiró en el canasto de los reciclables, enjuagó el vaso y salió de la cocina secándose las manos y dijo que a partir de mañana, él se iba a encargar de que en el depa hubiera un plato caliente y una sopa a la noche, como debe ser, como fue siempre. A la mañana siguiente salimos al súper, el abuelo le preguntó al encargado donde quedaba el mercado, el tipo nos mandó al Guol-Spar de San Mateo. El súper era realmente enorme, estaba en medio de un mar de autos y señoras con carritos, muchachos que ayudan a cargar los paquetes, los muebles, las plantas, todo lo que se puede necesitar para una casa, un departamento, un negocio estaba allí, era como una pequeña ciudad dentro de la Monstruociudad. Hasta tenía un hotel, cines, comedores, bancos. Todo, todo estaba allí.

Las grandes marcas que anunciaban en Cadena tres estaban allí.  Agarramos un carrito que era como una canasta con ruedas y empezamos a pasearnos por el Guol-Spar, fuimos a la parte de las verduras, todas estaban envueltas, y tenían un cartel que decía de que se trataba y de donde venía, uvas chilenas, kiwi de Madagascar, bananas de Ecuador, tomate mexicano, lechuga hidropónica, huevos de Omega 6, zarzamoras orgánicas. Algunas de las frutas eran muy raras, como cambiadas genéticamente, mandarinas sin semilla, melón salado, tunas sin espinas, tomates enanos, zanahorias ralladas, peras de agua, vino de mesa, papas dulces.

De allí fuimos a buscar carne, igual, toda en paquetes de plástico, sin hueso, con los paquetitos de salsa en un sobrecito, los pollos descuartizados, las patas por un lado, las pechugas por el otro, bandejitas con alas, no se veían las cabezas, ni los pies por ningún lado, todos los pedazos de pollo, en bandeja, alineados, aplastados por un plástico, no entendía como la abuela podría cocinar con eso. Compramos más vino en caja, panes, cosas, aceite, porotos, arroz. El abuelo se movía como guiado por una mano invisible, iba poniendo cosas en el carrito que cada vez pesaba más. Cajas de puré de tomate, de leche, cajas y más cajas, el carrito tenía un piso debajo del canasto preparado para cargar cajas.

Pusimos la mercadería en unas cintas transportadoras que llevaban los paquetes, las cajas, todo hacia una señorita que los ponía bajo una luz, luego la cinta seguía hacia un embolsador que iba cargando otro carrito. El abuelo estaba admirado, además se ganó un tarjeta del Gual-Spar Club, que le juntaba puntos cada vez que compraba y otra que podía usar si tenía que comprar algo y se había olvidado la plata. Fuimos a dejar las cosas en el auto, las pusimos en el asiento de atrás y fuimos a Elektrogar, otra de las grandes marcas de Cadena tres. Compramos una máquina para lavar los platos, a tu abuela lo que le molesta es lavar los platos, por eso no cocina, lavar los platos y que seamos unos atrasados.

Quisimos cargar la cajota del lavaplatos en la baulera del Grand Routier, pero no había forma, hacíamos maniobras para uno y otro lado y no entraba, los muchachos del estacionamiento y los cargadores se habían ofrecido a ayudarnos, pero el abuelo los espantaba, que sólo buscaban sacarle la plata, que nosotros podíamos, ya el sol estaba alto, la cajota pesaba como una vaquilla, los cargadores se ofrecían, ya se había formado un corrillo de curiosos que opinaban, sugerían y calculaban, proponían pequeñas modificaciones como quitar la cajuela, pasar la mercadería atrás, quitar los asientos, desmontar la caja y desarmar la máquina, luego volver a armarla. Todos opinaban pero nadie echaba una mano. Finalmente logramos subir la cajota sobre el techo del Routier, el abuelo le puso las alfombras debajo para que no raye la pintura, pero de todas maneras quedó hundido y la atamos con una soga que pasaba por dentro de las ventanas de un lado al otro, por los parachoques y rodeaba la gran caja por los cuatro costados, convirtiendo al auto en una fragata monstruosa.

Bajamos por San Jerónimo, despacio, felices, ajustando las cuerdas cada tanto.

Me desperté sobresaltado por el ruido de los autos. Apenas pude dormir unas horas en toda la noche, entrecortado, temiendo que nos entraran a robar, no se… que algo pasara. Ni siquiera el vino me ayudó a dormir. Pensaba en el Apache, si estaría bien, si el gringo lo cuidará. Pensaba cosas sueltas. Faltaba poco para que llegara mamá. Seguramente me buscarían una escuela, tal vez con los primonstruos, o solamente los iríamos a ver. El abuelo se iba a comprar un Grand Routier, eso decía, quería hacer unas compras, quería hacer un asado. La vida tenía que empezar por alguna parte, todas esas cosas me daban vueltas en la cabeza. Monstruociudad estaba llena de ruidos, despertaba temprano, alborotando los pájaros, conruidos de motores, bocinas, timbres y chirridos,  Montruociudad tenía la vida escondida, yo sentía que tocaba fondo por los cuatro costados.

Me levanté como abombado, tenía la panza revuelta y me dolía la cabeza, no sabía muy bien que hacer, si vomitar o volverme a la cama. El aire entraba por la ventana con olor a verduras hervidas, a coliflor,  a tufos de gasoil. Me asomé, recién estaba empezando a clarear y un cielo rosa con estrellitas pardas iba dejando paso al día. Fui al baño, el departamento era bastante grande, un pasillo largo conectaba las habitaciones, parecía un pequeño laberinto rodeado de ventanas, plagado de paredes y puertas y cuartuchos, ruidos, tropiezos y cables sueltos. Estaba solo, había un montón de cajas y cajones regados por todos lados anunciando un día duro.

Me sorprendió el ruido de las llaves en el laberindepto. El abuelo se había levantado temprano, venía exaltado que todo estuviera abierto a esta hora, de los autos y autobuses y trolebuses y no sé cuantos buses más cargados de personas colgando como racimos y los puestos y los kioscos de comidas y bebidas calientes y frías para comer o llevar, hacer o guardar. Había comprado unos panes y café y unos jugos de naranja en unos vasitos de plástico, huevos revueltos, mantequilla y manjar asado. El café me supo a gloria y empecé a sentirme mejor, los huevos eran como de aserrín con gusto a aceite y el jugo estaba ácido, pero lo tomé igual porque al abuelo le encantó.

Salimos a hacer los trámites para que conecten la luz, el gas, la radio tres, el teléfono. Bajamos por el elevador y me causó gracia que usáramos el elevador para bajar. El abuelo decía que este era el primer edificio inteligente en Monstruociudad, a mi no me parecía muy inteligente que digamos, tenía un vidrio que dejaba ver del lado de afuera, se veía bonito, te daba como una sensación de más altura. Cada piso que paraba, sonaba una campanita Tinnnn! Una tipa de algún lado decía segundo piso, secon flor. Tinnnn! Planta baja, lobby. Tinnnn!

El portero estaba limpiando los vidrios de Torre 3 con una manguera, un potente chorro arrastraba las hojas, papeles, colillas de cigarrillos hacia la calle. Lo saludamos y tomamos un taxi. El abuelo dijo muy seguro. -A la Compañía de Electrongenería NALKOMPANI. Hicimos todos los trámites en un solo lugar, el abuelo pidió la luz, el gas, el teléfono y el aire purificado. El paquete completo, con Radio Cadena en FM de control independiente con sonido envolvente en todos los ambientes, el agua ya venía con el departamento, pero el abuelo pidió que le instalaran dos líneas de agua corriente, una purificada para bañarse y la otra de manantial para la cocina. Gas no se necesitaba, desde que Bolivia se integró a la United Xone, el gas era de exportación, se vendía a la Comuneurasia, que allá no quedaba ni viento. Acá todo se hacía con electricidad.

Salimos de la Electro y fuimos caminando hasta los portales de la patria, muchos negocios del centro estaban cerrados todavía, nos paramos a mirar los escaparates de las tiendas de ropa, había jugueterías, casas de teléfonos, consultorios de dentistas, tiendas de chinos, la catedral, la plaza y el palacio de gobierno. Todo eso me mostró mi abuelo. Tomamos un café El Café de la Mancha, antes era una librería, ahora era una cafertería, ya nadie leía, las fotos de los escritores y las portadas de los libros adornaban las paredes. Cadena Tres inundaba el ambiente. A la tarde iríamos a buscar a las mujeres al Central de Norte, llegaban en el tren de las 6 que venía de Rosarito.

Volvimos al depa en un bondibús por la San Jerónimo. Monstruociudad tenía dos grandes avenidas, la San Jerónimo, la avenida más larga del mundo, que estaba dividida en tramos de tan larga que era, San Jerónimo sur, extremo sur, extremo norte, enlace norte, San Jerónimo centro izquierda y medio centro; además estaba la Santa Isabel, la avenida más ancha del mundo, treinta y dos carriles de ida y otros tantos de vuelta. Bajamos en Bolívar y caminamos hasta el depto. Pasamos el resto de la mañana desarmando cajas y arrastrando muebles, poco después de las doce llegaron los de Nalkompany.

Sellaron las ventanas, por lo del aire purificado, el abuelo les preguntó de donde traían el agua de manantial y el tipo le explicó que lo que instalan es un manantializador debajo de la entrada de agua, es más práctico, todos los meses vendrá un técnico a cambiar el filtro manantializador, usted puede elegir distintos sabores: Ecos de glaciares, Mountain Spring, L’eau de Vichy, Aljibe campirano y muchos otros, que los de servicio le llamarán para darle la bienvenida y programar el pedido.

De la cocina fuimos al baño, colocaron unos anillos de plástico y metal alrededor del caño de la ducha. El tipo le explicó que es artefacto inonizaba el agua, adentro tenía unos imanes, ordenaba las moléculas del agua para purificarlas, no requería mantenimiento, al año se cambia. El abuelo firmó la planilla fascinado y les dio un billete de propina. Después de la primera comida caliente en el depa, fideos con salsa de caja, vino de caja y pan Bimbo, tomamos un cafe y fuimos a vender el once14, le dieron cien mil pesos por el viejo camión que tantas cicatrices tenía de sus años en el campo, en la ruta, en las cosechas.

Con la plata en un sobrecito, nos cruzamos a la agencia Routier, estaban los modelos híbridos, los solares, los eléctricos, los deportivos y los smart. El abuelo preguntó por un cochede verdad, que se quería comprar un Grand Routier de cien mil pesos, el mejor que haiga, el vendedor le dijo que había llegado al lugar indicado, que lo acompañara, caminamos entre los autos relucientes, atravesamos las oficinas, pasamos por el taller y salimos a un playón lleno de autos de distintos modelos de Routiers, el vendedor nos llevó hasta un Grand Routier gris plata, tenía unos dados colgando de el espejo, un volante de cuero, madera y metal, tapizados de cuero negro, un dado gigante en la palanca de cambios.

Revisaron el auto por todos lados,el tapizado estaba un tanto arruinado, el vendedor le hizo escuchar el motor diciendo que los asientos no mueven las ruedas, escuche, escuche, tecnología routier, cilindros en V, todas correas nuevas, ya  no los hacen así, ahora son todos unos motorcitos de juguete. El abuelo daba vueltas, abría y cerraba las puertas, desconfiado, hasta que finalmente le preguntó si el auto era usado y el vendedor un tanto ofendido le aseguró que no; que ellos no vendían usados, son una agencia seria, todos su autos eran semi-nuevos listos para circular, tuneados a gusto del cliente, A usted le gustan los dados? los naipes? el casino?, ahí tiene un auto a su medida. Esto el abuelo se terminó de convencer, le entregó los cien mil pesos, el vendedor le hizo firmar unos papeles y le dio las llaves.

Fuimos a buscar a las mujeres, atravesamos toda la Costanera, pasamos por la Noria, el parque España, llegamos a la Central de Norte con bastante tiempo, el tren llegó puntual a las 7, una hora tarde. Las mujeres bajaron con unos bolsos. Mamá me abrazó un poco de costado, ya la panza se le notaba. Cuando le pregunté como estaba, no dijo nada, me dio otro abrazo, me acarició la cara. Subimos todos al Gran Routier, mamá adelante con el abuelo y atrás la abuela y yo, el auto era bien grande, entraron todas las maletas, pusimos unos canastos en el techo y en el asiento de atrás todavía entraron unos bolsos.

Llegamos al depa y el abuelo quiso empezar a hacer un asado, pero no había donde, el horno era de microondas, las ventanas estaban selladas, la azotea era un jardín con techo de vidrio, en la calle nos corrió un policía en cuanto empezamos a instalarnos para hacer el fuego, terminamos haciéndolo en el hueco de servicio del edificio, por donde se tiraban las bolsas de los departamentos, allí le pusimos una tranca a la puerta y aunque nos asfixiábamos con el humo y llorábamos como marranos, logramos chamuscar una carne que a mi abuelo le parecía bastante sabrosa. Mamá no probó bocado y se fue a dormir con una sonrisa sin decir nada. La abuela levantó los platos y el abuelo se quedó fumando, el humo se iba por unos ventiladores que los de la Elektro habían instalado en las ventanas. Decía que uno de estos días vamos a las sierras y nos hacemos un asadito. Vas a ver que que bien vamos a estar.

No sé porque me acuerdo de estos detalles. No sé porque cuento estas historias una y otra vez, a cada quién que quiera escucharlas, se las cuento y si no, me las cuento a mi, me parece que las vivo otra vez. Pero tengo que contarlas, repetirlas, decirlas de una vez a ver si me explico como fue que terminamos de esta forma.

Entramos a Monstruociudad por la Calzada de San Jerónimo, la avenida más larga del mundo. La bajada del Caracol y el olor que salía de las rancherías instaladas en los costados de la ruta, me dejaron con el estómago revuelto. La San Jerónimo recorría el antiguo cauce del río. Se veía la banderota de la casa de gobierno. Los cerros que recordaba de Monstruociudad estaban tapizados de edificios. La construcción lo había cubierto todo. La zona del río estaba cubierta por una construcción sobre la que circulaban los autos a toda velocidad. Para simular que el río seguía existiendo, habían colocado cada tanto, pequeños lagos artificiales con patos de goma que flotan entre unos juncos de plástico. Inmensa fotografías de paisajes.

Algunas especies se habían adaptado a vivir en Monstruociudad, algunos ejemplares como el sauce negro, que abunda en terreno oleoso, cercanías de fabricas, vaciaderos. En temporada lloran unas gotas de multigrado que brillan como lágrimas de miel. El espectáculo no dejaba de tener algo lindo y triste al mismo tiempo. Monstruociudad me cautivó a primera vista. Nunca pensé que la vería así. En todo veías la lucha entre la naturaleza y la civilización. Cada tanto los arroyos destruían la ruta, partes de las montañas se desbarrancaban aplastando autos y camiones, se caía algún puente o el viento hacía volar las cajas de los Box Truck. Con el tiempo me daría cuenta que las personas también se van adaptando a vivir en Monstruociudad, muchos mueren, algunos triunfan, muchos fracasan, pero poco a poco se van mezclando. Se van volviendo Mostros.

Mi abuelo me dijo que levantara el vidrio y trabara la puerta que en esta zona roban mucho. En los semáforos que parábamos unas hordas de niños en harapos se trepaban al camión a limpiarnos los cristales, a ofrecernos chicles, aguas, cigarrillos. Mi abuelo hacía sonar la bocina de buque y los pequeños se tenían que tapar los oídos y no podían sostenerse, así que debían bajar del camión. Mi abuelo se reía de su ocurrencia. Una vieja renga con muletas espantaba a los niños para asomarse a la ventanilla y reclamar unas monedas, señalándose la boca.

Poco árboles y muchos autos. Cada tanto aparecía una plaza. En todo el trayecto había de todo, negocios, comedores, tiendas de ropa, de autos, de cosas para casa, para autos. Todo tenía que ver con lo monstruoso. Los negocios se llamaban el Mostro de las Pizzas, el Mostro de las Baterías, el Mostro de los baños, Bar el Mostro, Inmobiliaria Mostrocity, el Mostrocinema.

Al final llegamos a Bellavista, en donde quedaba el edificio. Era un complejo de cuatro torres. El abuelo fue a buscar la llave con el encargado y subimos a ver el departamento. El 9°B. Parecía grande. Estaba todavía con los pisos sin limpiar, algunos cables se asomaban de unos huecos en el techo. El encargado levantó las cortinas y ya se pudo apreciar un poco más. Parecía que los albañiles habían dejado algunas cosas sin terminar. Sólo la cocina estaba completa, aunque muy sucia. Mi abuelo torcía la cara. El encargado fue a buscar a su mujer. Trajeron baldes, trapos, unas bolsas, limpiamos el departamento. Y luego trajo a dos muchachotes que nos ayudaron a subir las cosas.

Por la ventana entraba una suave brisa, se veían las ventanas iluminadas de los otros departamentos. El departamento del abuelo no tenía luz todavía. Ni gas. Así que esa noche cenamos unos panes con mortadela y queso, vino de caja y fumamos nuestros primeros cigarros en Monstruociudad. Salí al balcón. Un aroma a cebolla, a verdura a laurel y a comida venía desde los otros departamentos. Las siluetas de los vecinos se reconocían a través de las cortinas. Otros tenían la ventana abierta. Algunos cenando. Otros leyendo. Algunos tirados en la cama. La extrañaba a mamá y no quería decírselo al abuelo. Se escuchaba un rumor de conversaciones, los gritos de algunos niños, el sonido de la ducha del algún departamento alla arriba, la radio con su noticiero. Un pedacito del cielo se alcanzaba a ver con unas pálidas estrellas.

Volví a entrar al departamento. Sin luz no podía leer. El aire estaba tibio. Mi abuelo era una pequeña brasita en la sombra  que se avivaba con cada pitada. El rostro tomaba un color rojizo y sus cejas peludas le hacían sombra en la frente. De pronto se volvió todo como irreal. La casa, la ruta, Monstruociudad, el 9°B, mi abuelo mismo. Me parecía otra de mis ocurrencias que se me antojaban reales y que cuando alguien me tocaba el hombro o hacía algún ruido fuerte desaparecían sin dejar rastro.

Mi abuelo seguía fumando y a mi me agarraba cada vez más la duda de si todo esto no era un sueño. En algún lado debía haber un engaño, esto debía tener una salida, algo que me haga saber que esto está ocurriendo. O no. No está mamá, no está la abuela. Sólo estaba el abuelo. Pero el abuelo no era garantía. Intentaría lo que otras veces me funcionó. Haría una pregunta. Si no me contestaba era un sueño, si me contestaba era real. Así que le pregunté, lo que vine pensando el ultimo tramo del viaje.

-Abuelo, si lo del Guachovia Estanfor Trust es tan buen negocio. Porque los gringos andan comprando tierras y aguas y monte por estos lados?- Dije volviendo a la carga.

Mi abuelo apagó el cigarrillo. Se puso de pie. Tomó la vela y fue al baño. Dejó la vela sobre el botiquín. Dejó la puerta abierta. Se oyó el chorro de la meada. El ruido del agua del water. Se subió el cierre. Agarró la vela. Se volvió a sentar en la penumbra.

-Lo que haga el mister Guayman con su plata me importa un carajo. Yo no quiero trabajar más. Me voy a buscar unos socios, algún negocio fácil- Dijo mi abuelo y se sirvió otro chorro de vino de la cajita. –Eso es lo único que me importa. No quiero hacerme mala sangre. De ahora en adelante quiero que todo se me haga fácil. Que todo sea como este vino. -dijo señalando la cajita de Don Quintínto- ni hay que preocuparse en tener un sacacorchos. Ahora hay que ser práctico. Voy a vender el once14 y me voy a comprar un Grand Routier. Mañana vamos a ir a pedir la luz, el gas, a buscar a las mujeres y hacemos una carne asada. Con otro vinito de estos. Vas a ver que bien vamos a estar.

Las estaciones pasaron velozmente a lo largo de la ruta. Mi abuelo me dejó manejar un rato en la parte del altiplano. Pusimos unos cassettes de Los Tucanes de Bragado para ya no escucharlo al Mariosaurio, que a esas alturas medio que se perdía la señal. El once14 se portaba como una máquina viajera. Una máquina del tiempo al lado de los trailers truck, los Mack Thorton, los enormes semirremolques de la United Xone, que atravesaban los continentes de un lado al otro. Pasamos por Ñurca Nacó, Quebrada de la Virgen, Salsipuedes, Palenque. Paramos en el Embalse de Vallemoxique. El espejo de agua más grande construído en época del General, ahora propiedad de la Trumpeter Water Co. 

 

Nos quedaban unas tres horas de viaje. Comimos unos sándwiches con café, cargamos combustible y seguimos. Queríamos llegar con algo de luz para instalar todo antes de que llegaran las mujeres. Se me había pegado la costumbre de decirle las mujeres, cuando estaban mamá y la abuela juntas. No sé de donde me había salido esa costumbre, pero de pronto me sentía como más seguro diciendo así. Ya habíamos hecho planes con el abuelo. A él le encantaba hacer planes y tener todo organizado. Yo siempre le ayudaba.

 

A medida que nos íbamos acercando a Monstruociudad, sentía que el tiempo iba pasando más rápido. Que iba creciendo con cada kilómetro. Volviéndome más rabioso con cada estación que teníamos que pagar. Comencé a darme cuenta que dejaba atrás una parte de mí que tal vez nunca volvería a ver. Que sólo contaba con ese viejo loco que iba al volante y las mujeres. Ninguno de ellos me iba a ayudar a encontrar a mi papá. Debería empezar de cero. Buscar a la tía Sana o preguntarle a los primonstruos si tenían algún dato.

 

El último tramo de la Autopista Cordillerana era una gigantesca alfombra de asfalto que atravesaba los cerros a través de túneles y caminos de cornisas. Enormes puentes saltaban quebradas y acantilados. Bosques milenarios tapizaban las laderas de los cerros. Algunos cóndores aún se alcanzaban a ver, disputando su reinado con los automovilistas. Grandes cactus cubrían las laderas y unos arboles secos se resistían a dejarse vencer. De la autopista para arriba y en los arroyos ya no crecía casi nada.

 

Los cerros aparecían pelados en sus cumbres. Los pocos árboles que quedaban no alcanzaban a retener el agua de los deshielos. Se formabana arroyos que bajaban cascadeando los cerros y atravesaban la carretera, convirtiéndose en charcos de un lodo aceitoso que los pinos absorbian tomando colores azules, amarillos, rojizos. 

 

De pronto entre los cerros se alcanzó a ver parte de una mancha gris con tonos verdes, rojos y negros que entre la bruma me pareció que era Monstruociudad. Atravesamos varios túneles más y ya estuvimos en el camino del Caracol. No quedaba duda, estábamos por llegar. Paramos en el mirador del cerro. Mi abuelo quería usar su nuevo juguete. Una cámara de fotos instantáneas que había comprado en el AM/PM. Nos sacamos fotos apoyados en el once14.

 

Mi abuelo puso una moneda en unos aparatos que tenían dos ventanitas. El enfocaba y me iba mostrando. La cancha del Atlétic Monster, la torre de Opera, el palacio Figueira, las plaza de las tres conquistas, la Costanera, el Tiro Federal, el Aeropuerto, la Zona Libre Fabril.  Monstruociudad era una mancha lejana que iba tomando forma. Que se iba volviendo nombres.

 

El aire se sentía más espeso y tenía un olor entre picante y dulzón. Se sentía distinto al respirar. Mi abuelo se llenaba los pulmones con la brisa que subía desde el Valle del Sol en donde habían venido a instalar Monstruociudad, sin percatarse que quedaría en un pozo que no dejaría escapar los aires viciados de una ciudad encajonada. Mi abuelo me tomó del hombro y dijo emocionado ante el espectáculo.

 

-Siente hijo. Huele a progreso- Volvimos al camión y seguimos viaje.

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